La presencia de Newton en la vida diaria (5): Los gigantes

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Galileo Galilei

Cuando Galileo Galilei aprendió acercar imágenes con un par de lentes, construyó su propio telescopio. Consciente de lo útil que sería para el ejército, por medio de artimañas y una mayor calidad técnica, evitó que el verdadero inventor de este artefacto se le adelantara; logró venderlo bien.

Galileo dirigió el telescopio al cielo y registró sus observaciones en el libro El mensajero de las estrellas, donde escribió, casi al principio: “Qué hermoso y gratificante es contemplar el cuerpo de la Luna”; continúa su descripción con las imperfecciones de este satélite lleno de cráteres y montañas. Para hablar de las galaxias que, a simple vista, parecen continuas pero, en realidad, están formadas por un gran número de astros hasta entonces desconocidos, en páginas posteriores, puede leerse: “Es grandioso incrementar, por más de diez veces, el número de estrellas jamás vistas”. Al final, mediante un análisis meticuloso, demuestra que el movimiento caprichoso de algunas estrellas cercanas a Júpiter ocurre por ser satélites de este planeta: “Es posible afirmar que, alrededor de Júpiter, existe una envoltura más densa que el éter, donde los Planetas Medíceos giran como lo hace la Luna alrededor de la Esfera Elemental”.

El científico no sólo investigó el Cielo, también estudió el movimiento de los cuerpos sobre la Tierra, usando su pulso como medidor de tiempo. En 1583, con una lámpara de aceite colgada del techo de una iglesia, descubrió que la oscilación es más rápida cuando el arco formado entre la cuerda y la vertical es más grande, y se desplaza más lento cuando el arco es menor, aun cuando el tiempo de la oscilación completa no cambia. A Galileo nunca se le ocurrió utilizar el péndulo como reloj, a pesar de haber descubierto los principios que rigen su movimiento.

A los veinticuatro años, la Academia de Florencia, donde trabajaba, le pidió medir el Infierno, descrito por Dante Alighieri en La divina comedia. En esos tiempos, se pensaba que esta obra era inspiración de Dios, y su autor, el medio para darla a conocer. Galileo calculó el tamaño de un cono con el vértice en el centro de la Tierra y dedujo que Lucifer debía tener una estatura aproximada de dos kilómetros. Sin embargo, nunca se convenció de estos resultados y se dedicó a corregirlos durante el resto de su vida.

Galileo negó la idea aristotélica de que la caída de los cuerpos depende de su peso. Para demostrarlo, en 1590, arrojó objetos desde la Torre de Pisa y concluyó que todos llegan al suelo con la misma rapidez sin importar su naturaleza física.

Medir la alta velocidad de los cuerpos en caída libre era muy complejo por la poca precisión que le ofrecía su pulso para medir el tiempo, por lo que consideró equivalente el movimiento de una bola rodando sobre un plano inclinado, la cual se desplaza con menor velocidad. De esta manera, identificó las características matemáticas del movimiento uniforme (cuando no cambia de velocidad, no cae) y del uniformemente acelerado (cuando cambia en proporciones iguales con tiempos iguales, cae libremente). También descubrió la trayectoria de una parábola en el movimiento de un proyectil (tiro parabólico).

Enunció la Ley de Inercia: “un cuerpo se moverá a velocidad constante (o cero), sobre una línea recta, si no existe fuerza alguna que actúe sobre este“; contrario a las afirmación de Aristóteles de que el estado natural de un cuerpo es el reposo sobre la superficie de la Tierra.

Galileo nació en Pisa en 1564. Aprendió latín, griego y retórica. Estudió algo de medicina y pronto descubrió su interés por las matemáticas. Su padre era de mentalidad independiente y se dedicaba a la música.

Como profesor joven, prefería la compañía de sus estudiantes. Hombre pequeño, de complexión cuadrada y pelirrojo, frecuentaba las tabernas y gustaba del juego y las mujeres. Se enamoró de Marina Gambia, una prostituta con quien tuvo tres hijos a quienes reconoció después de algunos años. Dudaba de su capacidad de enseñar algo a alguien, creía que sólo podía ayudarlo a aprender por sí mismo.

Famoso, Galileo fue considerado peligroso por sus oponentes quienes, entre otras cosas, lo criticaron por escribir en italiano y lo acusaron de ser el Anticristo. Aun cuando en 1616 aceptó las recomendaciones del Papa y prometió no escribir ni enseñar nada sobre la teoría copernicana, en 1632, publicó Diálogo sobre los Dos Principales Sistemas del Mundo, donde argumentó a favor del heliocentrismo de Copérnico. Por esto se le juzgó en el Santo Oficio en 1633. No se le sentenció a la pena de muerte, pero se le recluyó por el resto de su vida. La acusación provino del mismo hombre que envió a la hoguera a Giordano Bruno en 1600, el Cardenal Bellarmini.

El proceso lo obligó a retractarse y permanecer aislado. En total pobreza, ciego y enfermo de artritis, murió en 1642, el mismo año que Isaac Newton nació en Inglaterra. Varios años después, Newton escribiría en una carta dirigida a Robert Hooke: “Si he visto más lejos, es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes“, uno de ellos: Galileo.

Pocos tienen el privilegio de ver, dispersas sobre la mesa, las partes de un complejo rompecabezas listo para ser armado, como sucedió con Newton y Einstein. Ambos se apartaron de la tradición y rompieron paradigmas; vieron en el trabajo de gigantes, lo que sus contemporáneos no lograron percibir.

Así, en 1687, con las herramientas suficientes para ver el Universo de manera diferente, un genio lo modelaría como una maquinaria precisa, sujeta a leyes matemáticas y predecible ante la razón del Ser Humano: Newton, tema del siguiente artículo.

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Enrique López Yáñez

Es Físico por la UNAM, Especialista en Ciencias de la Computación por la Fundación A. Rosenblueth y ahí fue profesor de Física y Graficación y Simulación por Computadora. Trabaja en mantenimiento de software y prepara una novela para la Maestría en Literatura y Escritura Creativa en Casa Lamm.

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