La talla lítica de Monterrey

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Las  sociedades  indígenas  que  habitaron  lo  que ahora  es  el  estado  de  Nuevo  León  y  el  noreste  de México se distinguen como excelentes productores de artefactos líticos. Entre la materia prima más utilizada para la manufactura de dichos utensilios está el pedernal, que es una roca de origen sedimentario  común  en  la  región.  Sin  embargo,  también  existen otras materias primas que fueron aprovechadas para la  manufactura  de  artefactos,  tales  como  la  lutita, arenisca, jaspe, evaporita y la obsidiana. Esta última es una roca de origen ígneo, la cual, por tratarse de un  vidrio  natural  fue  muy  utilizada  en  zonas  volcánicas  al  centro  y  sur  de  México,  pero  no  existen yacimientos de esta roca en Nuevo León o Coahuila, por lo que, como analizaremos más adelante, sólo han  aparecido  muy  pocos  artefactos  o  fragmentos, mientras  que  en  el  sur  de  Tamaulipas  aparece  en mayor cantidad.

De  acuerdo  a  la  técnica  de  manufactura,  la arqueología ha dividido la tecnología lítica en dos: tallada y  pulida. En el caso de la primera, en Nuevo León y el noreste se realizaba obteniendo pequeños nódulos  o  guijarros  a  los  que,  a  través  de  la  percusión  y  presión,  iban  dando  forma    para  obtener un filo cortante y una punta aguzada. El  primer  paso  es  la  búsqueda  y  recolección  de  nódulos,  es  decir,  rocas  con  las  características  idóneas  para  la  fabricación  de  utensilios.  En ocasiones,  antes  de  iniciar  la  manufactura  de  un artefacto, le daban un tratamiento térmico a la roca pues, como ha ocurrido desde el paleolítico del viejo mundo, se ha descubierto que se utilizaron medios físico-químicos  de  trabajo  en  los  materiales  líticos, como  calentar  con  fuego  las  puntas;  lo  mismo aparece en muchos otros grupos de Texas y Norteamérica.

Por  lo  tanto,  probablemente  los  indígenas de Nuevo León también colocaban la roca al fuego, y las altas temperaturas modificaban algunas de sus propiedades. Si bien es cierto que algunos artefactos eran manufacturados  directamente  sobre  un  canto  rodado,  es  decir,  que  se  le  aplicaba  percusión  a  una roca completa para obtener un borde con filo, muchos otros eran elaborados sobre lascas. Del nódulo primero  se  obtenía  lo  que  se  conoce  como  núcleo, para luego ir desprendiendo fragmentos más delga-dos llamados lascas. Esto se lograba al aplicar percusión a través de  golpes  con  otra  roca  de  mayor  dureza  llamada percutor  o  martillo  duro,  que  no  suele  ser  un  guijarro sin ninguna alteración previa, sino que se trata de una roca que es elegida por su forma, tamaño y dureza.  Los  golpes  ejercidos  con  dicho  percutor tienen la intención de desprender la capa superficial que  a  manera  de  cáscara  cubre  la  roca  y    se  llama córtex.

Es  necesario  señalar  que,    conforme  inicia la  talla  lítica,  se  comienzan a  retirar  fragmentos  de roca llamados lascas, que pueden ser lascas primarias, las cuales son las primeras que se desprenden y que suelen ser grandes, gruesas y que aún contienen córtex, hasta las pequeñas y delgadas que son llamadas lascas secundarias, y lascas de retoque, que son consecuencia  de  golpes  más  suaves  y  de  presión, por ejemplo, aplicando fuerza con un percutor blando que sería de hueso, madera o asta. Para ello, los grupos de Nuevo León pudieron utilizar astas de venado, huesos de grandes mamíferos o fragmentos de madera de mezquite o ébano, que tienen una dureza considerable y, con ellos, se obtenían pequeños retoques  finos  en  la  pieza, lo  que  le  da  un  acabado más  detallado  y,  por  supuesto, más filo.

Por sus atributos, los  artefactos  son  llamados  unifacial  es  cuando  están  trabajados  por  una sola  cara,  es  decir,  que  sólo  tienen  retoques  de  un lado,  y  bifaciales  cuando  presentan  trabajo  en  las dos caras. Además,  también  varían  de  acuerdo  a  su materia  prima,  función  y  temporalidad.  En  ocasiones, debieron esforzarse por obtener un artefacto de un nódulo poco adecuado, es decir, tal vez había momentos en que ante la urgencia o la falta de materia prima disponible se veían obligados a obtener un  objeto  a  partir  de  una  roca  pequeña  o  de  mala calidad  pues,  por  ejemplo,  en  Nuevo  León  se  han encontrado puntas de proyectil manufacturadas no sólo en pedernal de mala calidad, sino en otras rocas poco propicias para ello, como la caliza y arenisca, que  poseen  dureza  y  filo  poco  apropiados.

Esta situación  sin  duda  refleja  la  capacidad  técnica  que poseían estas sociedades para aprovechar al máximo los recursos disponibles. Una de las diferencias entre los utensilios en cuanto a función es que para las tareas rudas, como el trabajo de la madera o romper un hueso para extraer el tuétano, se requiere un artefacto voluminoso y  pesado  como  el  un  tajador,  mientras  que  otros eran delgados y pequeños, como las puntas de flecha.  Asímismo,  una  diferencia  que  existe  entre  los artefactos  de  lítica  se  debe  atribuir  a  la  antigüedad y  función  de  los  mismos,  pues  se  requieren  diferentes puntas de proyectil de acuerdo a la presa que se quiere obtener; para abatir a un animal grande se utilizaba un atlatl o propulsor que requería puntas de varios centímetros de largo. Para cazar una especie   más   pequeña, usando arco y flecha, es suficiente  una  punta  de proyectil pequeña y delgada  que  incluso  puede ser  de  un  centímetro  de largo  y  de  dos  milímetros de grosor.

Por    último,    si bien  es  cierto  que  estamos   acostumbrados   a observar sólo los artefactos  de  piedra,  debemos recordar  que  su  actual condición    no    necesariamente  es  la  forma  o características  que  tuvieron  cuando  fueron  usados. Para el individuo no especialista en arqueología, en ocasiones cuesta trabajo visualizar cómo se sujetaba o cómo se usaba determinado objeto. Incluso a los indígenas  de  Nuevo  León  se  les  llega  a  representar gráficamente empuñando un artefacto de piedra directamente  con  la  mano,  situación  que,  cierta,  lo  es  sólo  parcialmente,  pues  seguramente había  ciertos  artefactos  líticos  que  efectivamente eran  usados  tomándolos  con  las  manos,  por  ejemplo,  ciertos  tajadores  grandes  y  pesados  utilizados para cortar, o raspadores para extraer la fibra de ixtle; en realidad, muchos de ellos, la mayoría, estaban enmangados y, en cuanto a su función, los artefactos líticos  fueron  usados  en  aplicaciones  semejantes  a las que ahora usamos para herramientas de metal.

Por  esto,  algunos  arqueólogos  han  intentado  hacer la analogía de artefactos contemporáneos de metal y su equivalente lítico, para que el lector las identifique ya que no son exactamente lo mismo, aunque esta comparación ayuda y permite formar una mejor comprensión respecto a la función que tuvieron los artefactos en el pasado. En lo que respecta a las áreas en donde estas actividades se realizaban, pueden ser muy variadas. Por ejemplo, hay lugares donde no necesariamente se  vivía  y  se  obtenía  materia  prima,  y  se  manufacturaban  los  artefactos.  Estos  sitios  se  caracterizan porque en toda el área se observa una gran cantidad de nódulos de sílex, así como núcleos, preformas y desechos de talla en general.

También en estos lugares es posible observar rocas a las que se les aplicó percusión, tal vez sólo para probar las características de la materia prima. De igual modo, la talla de lítica también  se  hacía  en  campamentos  y  cuevas  habitacionales, pues se han encontrado sitios que así lo reflejan. Por supuesto, aunque se tallaba en muchas partes,  el  proceso  de  manufactura  podía  variar  de acuerdo al sitio, lo que significa que diferentes fases del trabajo de producción de un utensilio, como del resto  de  procesos  productivos,  se  pudieran  llevar  a cabo en diferentes lugares. Recordemos que, debido a la movilidad de estos grupos, no resultaría viable trasportar una gran roca extraída desde su origen natural hasta un sitio lejano para iniciar su trabajo, sino que se podía iniciar el proceso de manufactura para llevarse sólo los fragmentos que serán útiles. De igual modo, el trabajo de talla también pudo hacerse en  distintos  lugares  por  otras  causas,  por  ejemplo, en  los  casos  en  los  que  se  requería  mantenimiento para  un  utensilio,  como  en  el  caso  de  una  punta quebrada.

Y  es  que,  si  la  punta  de  proyectil  hacía contacto con un hueso de la presa o se fracturaba al no dar en el blanco y golpear una roca, seguramente el cazador trataría de arreglarla y ello podía ocurrir en las áreas habitacionales. Por  último,  en  relación  a  los  artefactos  líticos, resta señalar que no sólo eran de piedra tallada, sino también de piedra pulida, es decir, no se obtenían  a  través  de  percusión  o  presión,  sino  a  través de la abrasión, pulido y desgaste. En otras partes de México  existen  armas  y  otras  herramientas  de  piedra pulida,  por ejemplo ciertas hachas; en Nuevo León no se han encontrado este tipo de artefactos.

Tecnología en madera, hueso y asta

Sin  duda,  para  los  grupos  que  habitaron  Nuevo León,  la  madera  jugó  un  papel  importante,  pues era, en principio, material de combustión, y de forma sencilla se le utilizaba para encender el fuego. Sin  embargo,  también  se  hacían  elaborados  y  muy diversos artefactos. El trabajo en madera es una actividad que difícilmente se le puede atribuir sólo a un género, es decir, masculino o femenino, ya que seguramente tanto los varones como las mujeres participaban en la manufactura de utensilios de madera. Aunque  seguramente  trabajaban  distintos tipos de madera de acuerdo a la disponibilidad que ofrecía el medio ambiente y a la finalidad del objeto, destacan  el  mezquite,  el  ébano,  la  barreta,  el  pino y  el  encino;  otros  tipos  de  madera  menos  frecuentes son el sabino, el guayacán, la tenaza, el sauce, el álamo y el brasil.

También se manufacturaban utensilios con otras especies vegetales, como el carrizo y la flor del agave. Sin embargo, una especie privilegiada, y así lo  constatan  la  evidencia  arqueológica  y  la  histórica, es el caso del mezquite, pues sus características son  idóneas  para  la  elaboración  de  instrumentos  y herramientas. El mezquite, en primer lugar, es una especie relativamente común en el medio ambiente local.  Además,  la  madera  recién  cortada  es  flexible y  maleable,  pero  una  vez  seca,  adquiere  una  gran dureza y resistencia. Asimismo, el mezquite, al igual que  el    ébano  y  la  barreta,  posee  gran  durabilidad, ya que no suele ser atacada por insectos y resiste la humedad. Los instrumentos se tallaban de acuerdo con las  necesidades  materiales  y  los  recursos  naturales. Entre los instrumentos más comunes, de acuerdo a la  temporada  del  año,  se  encontraban  el atlatl,  arcos,  palos  conejeros,  partes  de  flechas  y  distintos mangos  para  los  artefactos  líticos  como  cuchillos  o raspadores, mientras que, por otra parte, la madera también se utilizó para la manufactura de guajacas, armazones de redes, cunas y otros objetos y utensilios que correspondían al menaje usado en actividades realizadas por la mujer.

Es   necesario   destacar   que   se   requieren distintos  procesos  de  elaboración  según  el  tipo  de objeto;  por ejemplo, en la manufactura de un palo conejero se requiere más trabajo que al hacer el ar-mazón  de  una  guajaca.  En  el  caso  de  la  guajaca  o cuna se trataba no sólo de ramas forjadas; como son delgadas,  no  requieren  tanto  esfuerzo.  Otra  forma en que se trabajaba esta  madera consiste en doblar las ramas aún verdes y  frescas de acuerdo a la forma deseada  y  posteriormente,  se  sujetaban  con  cuer-das para moldearlas. Para darnos la idea del grosor de  las  cunas,  tenemos  las  que  describe  Aveleyra, quien  estudiando  sus  características  concluye  que se  realizaban  con  gobernadora  (Larrea tridenlala).

Respecto a la sencillez del trabajo aplicado, escribe  sobre  las  cunas  lo  siguiente:  “Se  trata  de  ramas dobladas en forma de U con tres varas rectas como travesaños”. Para  la  manufactura  de  ciertos  objetos  su elaboración  se  planeaba  en  varias  fases,  por  lo  que no sólo se requería más tiempo, sino que era indispensable el uso de otros instrumentos. Por ejemplo, para  el  trabajo  de  un  palo  conejero  debieron  estar involucrados  distintos  artefactos  dependiendo  del proceso  de  manufactura.

En  un  primer  momento, después  de  elegir  la  rama  del  árbol  o  arbusto  que cumpliera  con  el  tamaño,  grosor  y  forma  deseada, se debían usar grandes y pesados tajadores para cortar  dichas  ramas,  ya  que  éstas  tenían    alrededor  de seis centímetros de diámetro. Tal vez se continuaba  con  el  mismo  tajador  para  cortar  las  ramas  más pequeñas  que  se  bifurcaran  de  la  parte  principal  y así  dejar  sólo  aquella  parte  que  se  requería.  Posteriormente,  era  necesario  retirar  la  corteza,  lo  que, en  el  caso  de  especies  como  el  mezquite  y  barreta, sabemos que una vez despegada de un extremo con la ayuda de un artefacto es posible seguir retirando la  corteza  sólo  con  la  mano,  pues  es  relativamente fácil  dar  tirones  e  ir  desprendiéndola  hasta  dejar  el palo  desnudo.

Es  aquí  cuando  inicia  el  arduo  trabajo  para  adelgazar  el  trozo  de  madera,  por  lo  que se usaban distintos tipos de raspadores para tallar la pieza hasta darle la forma deseada. Para  ello  se  requería  distinto  tipo  de  raspadores,  pues  existe  un  gran  número  de  variantes según el tamaño y formas: tabular, circular, vertical, trapezoidal,  semicuadrado  o  semirrectangulares. Incluso,  se  pudieron  usar  también  las  gubias  del tipo clear  fork,  de  las  cuales,  por  su  morfología, materia  prima  y  características  generales,  se  cree  fueron empleadas para el tallado de fibras vegetales y madera.

Por último, es posible que el objeto de madera se manipulara y endureciera al colocarlo cerca del  fuego  y  fuera  pulido  con  arenas  o  con  piedras ásperas como la arenisca para darle un acabado fino. Aquí  concluía  la  elaboración  de  orden  funcional, pues posteriormente se hacían incisiones con lascas o  artefactos  puntiagudos  similares  a  buriles,  como las  que  muestran  los  palos  conejeros  de  Coahuila, que suelen presentar líneas rectas que van a lo largo de la pieza, en zigzag u otros diseños. En lo que se refiere a los trabajos tallados en hueso, no parece existir un gran número de objetos  realizados  con  fines  prácticos,  aunque  encontramos algunos de ellos, por ejemplo, los punzones y  leznas  manufacturadas  con  las  extremidades  de mamíferos rumiantes, concretamente con los metapoidales de venado.

Tal es el caso de los recuperados en la presa de La Amistad, en la frontera entre Coahuila  y  Texas,  o  en  la  cueva  de  La  Paila  los cuales  son  idénticos  a  los  encontrados  tanto  al  sur de Nuevo León como en los sitios de la cueva de la Zona de Derrumbes. Al  parecer,  este  tipo  de  artefactos,  como muchos otros presentes en Nuevo León y el noreste, se utilizaron por un largo periodo de tiempo y en un gran espacio geográfico. Tan es así que Cabeza de  Vaca  menciona  que  él  mismo  utilizó  un  “hueso de venado” para suturar una herida mientras se encontraba  en  un  lugar  del  noreste  de  México  o  sur de Texas. Probablemente,  como  sucede  en  otras  partes,  se  aplicaba  vapor  a  las  astas  y  los  huesos  para facilitar  la  modificación  y  manufactura  de  artefactos.

De esta manera se tallaban frescos, y una vez concluido el trabajo, se exponían al calor para propiciar  su  endurecimiento  y  firmeza  después  de  haber adquirido la nueva forma. En el caso de los punzones,  también  se  hacían  cortes  y  se  raspaban  con artefactos  de  piedra,  y  se  trataban  con  calor    para formar la punta, dejando la epífisis sin alterar y con su forma natural para que sirviera de empuñadura. Incluso, en el caso de los instrumentos de la cueva de  La  Paila,  de  acuerdo  a  Aveleyra,  los  punzones presentaban  incisionesornamentales,  que  no  es el caso de los punzones hasta ahora encontrados en Nuevo León, pues no se ha encontrado este tipo de trabajo en ellos. En el caso de las leznas y las llamadas espátulas, se trata de huesos largos con un corte longitudinal, por lo que queda un artefacto largo, delgado y  plano o un tanto acanalado. Se trata de instrumentos  que  debieron  ser  manufacturados  con  la  ayuda de artefactos de piedra, al igual que los punzones.

Las   pequeñas   cuentas   de hueso   tubulares,   con   las que  se  manufacturaban  los collares  y  pendientes,  son tal  vez  los  ornamentos  más frecuentes  en  los  sitios  del noreste de México. Por otra parte, de acuerdo a lo que conocemos en Nuevo León y el noreste, tenemos que en su mayoría el trabajo en hueso era para elaborar objetos con una finalidad ornamental, como las cuentas tubulares de hueso. Sin embargo, aquí explicaremos la probable técnica de manufactura, pues coincidimos  con  el  arqueólogo    Avelyra  respecto  a  que  las cuentas  tubulares  de  hueso  se  hacían  cortando  en varias  secciones  los  huesos  de  las  extremidades  de especies  pequeñas  como  liebres  y  conejos.

En  el laboratorio se pudo experimentar y verificar esto utilizando huesos pequeños; por ello se puede afirmar que el tallado se realizaba después de remojar o hervir los huesos, pues están más suaves, por ejemplo, en el caso de la tibia de una liebre o las falanges de un coyote, se cortaban las dos epífisis, es decir, las partes redondeadas del hueso que están en los extremos y que sirven para unirse a otros huesos; luego, al tener un hueso cilíndrico, se cortaba en dos o tres secciones de acuerdo al tamaño de cuenta deseado. Después,  debido  a  que  dichos  huesos  son  parcialmente huecos ya que poseen poco tejido esponjoso, se  terminaban  de  ahuecar  con  una  espina  gruesa pasando una y otra vez un cordel.

Estas cuentas tubulares  suelen  estar  limadas  en  los  extremos,  pues se  buscaba  redondear  los  bordes;  para  ello  se  tomaban  y  hacían  fricción  en  toda  su  circunferencia sobre  una  roca  áspera,  por  ejemplo  una  arenisca. Por último, al menos en ciertas ocasiones, se hacían delgadas líneas incisas o esgrafiadas alrededor de la cuenta  como  adorno,  utilizando    una  lasca  con  filo agudo.

Tallado de piel

Una vez conseguida la pieza de caza, para cortar la piel  de  los  animales  se  utilizaba  un  instrumento  filoso, es decir, un cuchillo, que pudo tener distintas formas, ya sea de hoja triangular o redondeada, pero debía  poseer  filo  por  las  dos  caras  y  en  los  bordes. Simultáneamente, al momento de cortar, se iba despegando la piel del cuerpo, y al retirarla por completo se lavaba con agua. Después se extendía y estiraba para que la superficie quedara plana y permitiera así continuar con su limpieza. Esto se pudo realizar, como sugiere Aveleyra, tensando la piel en el suelo y clavando pequeñas y delgadas estacas en las orillas de la misma, como las que encontró en Coahuila, aunque,  por  otra  parte,  también  es  posible  que  se usaran rocas como lastre para detener la piel.

Entre otras  razones,  esto  podía  depender  de  si  se  trataba de un área pedregosa, como los sitios cercanos a las sierras,  o  los  sitios  con  suficiente  vegetación  y  sin muchas  piedras,  como  en  las  planicies  aluviales  y llanuras. Una  vez  tensada,  se  iba  haciendo  fricción a  la  misma  con  una  herramienta  de  piedra  llamada raspador, para despegar todo resto de carne, grasa, cartílagos  y  tendones.  Este  raspador  podría  ser  de diferentes formas, pero visto de perfil tiene la característica de tener un lado plano y un borde con filo, lo que permite cortar y aplanar al mismo tiempo.

Es posible  que  en  este  proceso,  la  piel  también  se  colocara bajo el sol y se le añadiera tierra rica en sales para  quitarle  la  humedad;  seguramente  también  se agregaban ciertas sustancias vegetales que contuvieran taninos vegetales, es decir, extractos que tienen la capacidad de transformar las proteínas en productos  resistentes  a  la  descomposición,  de  ahí  que  se utilicen  como  agentes  curtidores.  Debieron  echar mano de algunas especies locales que tienen dichas cualidades  como  ciertas  acacias,  concretamente  el chaparro  prieto  (acacia  rigidula),  el  huizache  (Acacia farnesiana) o arbustos como el oreganillo (lipiaa graveolens) que tienen estas propiedades, aunque  es  posible  que  usaran  otras  plantas  de  la  región, como  la  gobernadora  (Larrea  tridentata).

De  esta manera, al moler la corteza o aplicar la ceniza de dichas especies se obtiene una sustancia que es aplicada en las pieles. Una vez hecho esto, se hacía fricción y se alisaba la piel con una pequeña roca de río llamada guijarro,  de  ahí  que  se  le  llame  alisador. En  los  sitios  arqueológicos  de  Nuevo  León  y  el  noreste  de México  se  llegan  a  encontrar  este  tipo  de  artefactos y se logran identificar porque suelen poseer una forma alargada, delgada y con las superficies suma-mente pulidas y abrillantadas. Estas características son  evidentes  porque,  al  realizar  esta  actividad  de alisado,  se  le  añadía  algún  tipo  de  grasa  o  arenas para aderezar la piel convirtiéndola  en una  especie  de  gamuza,  lo  cual  hacía que estuviera suave al  tacto.  Dicha  acción  debió  hacerse por   uno   o   ambos lados   de   la   piel, de  acuerdo  al  tipo de    vestimenta,    y dependiendo   si   se deseaba    conservar el pelo del animal o no.

Tallado de fibra y madera

Como  ya  lo  hemos  señalado,  estamos  de  acuerdo con diferentes autores respecto a que entre este tipo de grupos la recolección de vegetales y el proceso de obtención de fibras era una tarea femenina, al igual que   la   elaboración   de cordeles, redes, sandalias y otros instrumentos. Al    parecer,    estos  materiales    eran  sumamente   utilizados,   ya que    en    algunas  áreas de  Coahuila  se  pudo  conocer  por    su  proporción respecto   a   otra   materia prima      que   era   mucho mayor,  por  ejemplo,  veces  más  que  la  piedra y cuatro que la madera.

La   fibra   se   obtenía   de distintas plantas, como la lechuguilla y la yuca, que son    especies    vegetales que  fueron  ampliamente  utilizadas  por  los  grupos indígenas del noreste. Cabe mencionar que la mujer indígena poseía un notable conocimiento y habilidad para hacer uso  de  las  diferentes  plantas,  ya  sea  con  fines  alimenticios o como materia prima, por lo que en el caso  de  la  explotación  de  la  lechuguilla  como  materia  prima  debió  conocer  cuándo  eran  los  mejores momentos  para  obtener  la  fibra,  pues  si  bien  puede  ser  prácticamente  todo  el  año,  en  la  actualidad se  prefieren  ciertas  épocas  a  otras  de  acuerdo  a  las precipitaciones, pues éstas inciden directamente en las características de la planta, y, por lo tanto, en el tiempo invertido para extraer los cogollos y en la calidad de la fibra. Para  la  obtención  de  fibra,  lo  primero  que hay  que  hacer  es  conseguirla;  suele  encontrarse  en lomeríos  y  cerros  pedregosos.  Después  había  que extraer  el  cogollo  de  la  lechuguilla,  lo  que  podía hacerse  sujetándolo  con  la  mano  y  moviéndolo  a los lados hasta despegarlo.

Creemos que no era así como lo obtenían, pues aunque posible, resulta por demás  complicado,  ya  que  la  planta  posee  numerosas y ganchudas espinas que hacen esta tarea sumamente difícil. Por ello, probablemente los grupos indígenas  debieron  utilizar  algún  tipo  de  artefacto para evitar dichas espinas. Entonces tenemos varias posibilidades,  por  ejemplo,  que  utilizaran  una  herramienta  instantánea:  un  palo  sin  ninguna  alteración que sería utilizado haciendo presión alrededor del cogollo. A manera de experimento, se intentó extraer un  cogollo  con  este  tipo  de  herramienta,  y  única-mente se consiguió abrirlo y desprenderle las pencas.

Por lo tanto, se cree que es más probable que haya sido  utilizado  un  palo  con  un  trabajo  ligero,  como los llamados palos excavadores encontrados en contextos  mortuorios  en  distintas cuevas  de  Coahuila,  que  presentan un extremo adelgazado y endurecido al fuego, y que además de servir para extraer   tubérculos,   quizá   sirvieron   precisamente como cogollero. Lo anterior no excluye que dichos palos hayan coexistido con otro más elaborado para realizar ese mismo trabajo, por lo que hemos sugerido  que  se  hayan  usado  los  llamados  raspadores tipo  Coahuila,  hipótesis  que  fue  apoyada  en  otras investigaciones. Es necesario recordar que, como señaló   Aveleyra,   las   características  del  utensilio,  la  longitud  y curvatura  de  los  mangos,  sugiere que  fue  utilizado  para  raspar  o extraer  algo,  introduciéndolo  en cavidades  casi  cerradas  y  a  través de orificios pequeños por lo que  posiblemente  se  introduciría entre  las  pencas  para  extraer  el cogollo. Una  vez  que  recorrían cierta  área  y  después  de  extraer cierta cantidad de cogollos de lechuguilla, se procedía a desfibrarla, por lo que seguramente se colocaban bajo una sombra y comenzaba propiamente el proceso de talla.

Primero se tomaba la penca y se golpeaba un poco para aplanarla, usando para ello un machacador, que podría ser simplemente cualquier piedra  al  alcance.  Luego  sostenían  la  penca  enrollando  la  punta  en  un  palito  (llamado  actualmente bolillo)  para  hacer  tensión  y  apoyándola  sobre  un pequeño  fragmento  de  tronco  comenzaban  a  tallar con  un  artefacto  de  piedra  con  un  borde  con  filo, que, como mencionamos, podrían haber sido varios tipos  de  raspadores,  entre  ellos  las  gubias  del  tipo clear fork. Una vez retirada la materia pulposa de la penca, la dejaban secar al sol hasta que quedaran las hebras limpias y bien separadas unas de otras. Posteriormente  elaboraban  un  hilo  quizá enrollándolo en el muslo, para después ir uniéndolo en  los  extremos  con  otros  cabos.  Una  vez  realizado esto, manufacturaban cuerdas incluyendo la del arco, redes,  amarres, sandalias y en ocasiones posiblemente  textiles,  como  los  conservados  en  sitios de Coahuila.

Otra tecnología de productos de fibra y hojas vegetales era la creación de petates, esteras y cestería, para la cual utilizaban el tule, las hojas de sotol y  palmilla.  Para  ello  se  requiere  pocos  utensilios para su manufactura; hacen falta sólo hojas, ramas, tallos o cortezas de diferentes especies vegetales, las cuales son tejidas o trenzadas. Quizá se utilizaban  punzones    u    otros instrumentos de    hueso,    los cuales  servirían al  momento  de unir   las   fibras, tallos    u    hojas entre sí. Sin embargo,   la   poca cultura  material involucrada   en el    proceso    no es  sinónimo  de poco   trabajo   y habilidad,  ya  que  la  manufactura  implicaba  cono-cimientos  acerca  de  las  características  de  las  plantas,  tales  como  su  hábitat,  su  resistencia  y  la  conservación  de  las  mismas.  Asimismo,  está  implícito un  conocimiento  de  las  distintas  formas  de  tejido, pues de ello dependería el uso al que sería destina-do el artefacto. Para entenderlo mejor, es necesario hacer referencia a una explicación sencilla que hace Melville J. Heskovits sobre la cestería, pues señala que  su  manufactura  sólo  puede  ser  en  tres  procesos: tejido, torcido y enrollado en espiral. Si la fibra empleada es ancha y plana, la técnica es de tejido.

Para  ejemplificarlo,  podemos  señalar  el  caso  de  los petates; cuando la fibra es fina y delgada, la técnica es  de  cosido  en  espiral,  que  puede  ser  tan  firme  y apretado  que  dichas  cestas  pueden  llegar  a  contener  líquidos.  Desgraciadamente,  en  Nuevo  León no se han encontrado, y esto se debe seguramente a las  condiciones  de  preservación,  pues  en  Coahuila sí han sido hallados distintos tipos de cestas.

Relaciones  con  otros  grupos  e  intercambios

Como  es  de  esperarse,  el  intercambio  debía  tener más importancia en aquellos bienes o productos que el grupo no podía obtener por sí mismo, ya sea por la escasez o porque dichos bienes estaban ausentes en su entorno y, en algunos casos, seguramente la adquisición  de  un  bien  no  sólo  se  dificultaba,  sino que  necesariamente  debía  ser  obtenido  por  inter-cambio, pues la escasez era total. Arqueológicamente,  dicho  intercambio  se evidencia  con  el  hallazgo  de    ciertos  artefactos  o elementos usados como materias primas en lugares en donde no existen de manera natural, lo que significa  que  fueron  llevados  ahí  gracias  al  transporte humano. Ahora  bien,  los  momentos  más  adecuados para  este  trueque  serían  ciertas  reuniones  llamadas mitotes,  que  eran  eventos  en  donde  se  reforzaban los lazos de amistad con otros grupos, y se hacía intercambio de individuos a través de matrimonios y, por  supuesto,  de  materias  primas  y  productos.  Por ello debió existir una circulación de plantas, animales y minerales a través de un gran espacio geográfico, como:

  • Maderas de mayor dureza de distintas especies.
  • Sílex de buena calidad u otra roca para la talla de artefactos.
  • Pigmentos minerales como la hematina (óxido de hierro) o sal.
  • Peyote y otras plantas estimulantes o psicoactivas.
  • Plumas de ave, pieles, partes de otros animales y fósiles.
  • Caracoles y conchas marinas.
  • Calabazas (guajes).

Por  otra  parte,  las  rocas,  y  específicamente el pedernal, se hallan prácticamente en todas partes de la entidad, lo que no significa que todo el territorio  era  igual.  Probablemente  el  pedernal  y  otras rocas  debieron  circular  como  bien  de  intercambio, pues    desde    el punto   de   vista de  quienes  manufacturaban artefactos  líticos existían  áreas  en donde  esta  roca era  de  mejor  calidad comparada con  la  de  otras partes.    Coincidimos  con  otros investigadores que  han  trabajado  en  la  región a  raíz  de  nuestras       hallazgos arqueológicos; una vez analizadas y comparadas las características de  los  materiales  encontrados  en  distintas  áreas  de Nuevo  León,  es  posible  identificar  la  cantidad  y cualidad del sílex o pedernal, siendo a grandes rasgos negro, y con mayor cantidad de impurezas hacia el oriente del estado, mientras que su color era blanco  y  de  mejor  calidad  hacia  el  poniente  de  Nuevo León y Coahuila. Desde luego, existe otra gama de tonalidades  que  van  del  gris  al  rojizo  o  café.

Para el caso de La Calsada, en Rayones, Nuevo León, y de acuerdo con Nance, el pedernal gris resultaba de mejor calidad en comparación al negro, por lo que el pedernal gris y de otros colores pudo haber sido trasportado de otras regiones. Por supuesto, aún faltan por realizar análisis petrográficos    y  químicos  de  los  artefactos  líticos, pues  a  través  de  esto  se  puede  ubicar  el  punto  de origen de una determinada roca. En el futuro, estos  datos  serán  de  utilidad  para  conocer  probables rutas de movilidad e intercambio. Estamos  concientes  de  la  importancia  que tenía  el  tamaño  de  los  nódulos,  pues  con  un  buen nódulo  se  podían  extraer  más  y  mejores  artefactos. También se debía tomar en cuenta el hecho de que fuera resistente y que su fractura fuera la adecuada, pues si la roca tiene impurezas, es más quebradiza y resulta más complicado obtener una herramienta, ya que no se puede controlar con precisión la dirección de las fracturas con los golpes que se le aplican durante  la  manufactura.  Incluso,  otras  características que no eran funcionales debieron incidir en la elección, pues tal vez hasta el color debió ser un atributo, ya que si bien esto no era determinante, sí debió tener importancia extra para el intercambio.

Desde luego, ciertas maderas y rocas que se obtenían  a  través  del  trueque  debieron  servir  para hacer armas u otros instrumentos. Como señalan las fuentes escritas, los indígenas del noreste de México y sur de Texas cambiaban pedernales, carrizos y   sautle. También  debieron  usar,  recolectar  e  intercambiar sal, pues existen yacimientos naturales hacia el oriente de Nuevo León y en Tamaulipas. Además, pudieron obtener algún tipo de planta salobre. Los indígenas locales tenían la necesidad de ingerir sal  o  algún  tipo  de  hierba  salada  que  era  quemada y su ceniza  consumida ya que en verano, cuando la  temperatura  sobrepasa  los  40  grados,  existe  una fuerte  transpiración  que  hace  aún  más  necesaria  la sal para evitar la deshidratación. Sin  embargo,  creemos  que  la  mayor  parte del  intercambio  eran  artículos  que  no  eran  de  primera necesidad. Por ello se piensa que uno de los intercambios más conocidos era el peyote. El peyote es un cactus con efectos narcóticos y alucinógenos que al parecer fue usado en todo el noreste de México  durante  distintas  celebraciones  y  seguramente esto ocurría desde muchos años antes de la llegada de los españoles.

Se   sabe   que este cactus crece sólo bajo  ciertas  características      específicas del medio ambiente, por  lo  que  obtenerlo debió  ser  difícil  para muchos grupos. Para conseguir   el   peyote los  indígenas  debían recorrer  grandes  distancias  o  conseguirlo  a  través  de  otros grupos  utilizando  el trueque.  En  los  estudios  realizados  en otras   épocas   históricas,  se  hace  mención  del  intercambio  de  ciertos productos  como  pieles  o  flechas  por  peyote.  Esto mismo pudo ocurrir con otras plantas psicoactivas o estimulantes como el frijolillo (Sophora secundiflora) y algunas especies de tabaco silvestre, que sabemos fueron utilizadas en Nuevo León y el noreste y sur de  Texas,  pues  además  de  las  fuentes  escritas,  se han  hecho  hallazgos  de  pipas  y  restos  de  dichas plantas.

Sin  duda,  los  descubrimientos  de  ciertos instrumentos y utensilios prueban que existió circulación  e  intercambio  de  objetos  y  materias  primas, ya que es evidente que estos artefactos debieron re-correr cientos de kilómetros antes de llegar al actual territorio  de  Nuevo  León.  Un  ejemplo  de  ello  son los hallazgos en distintos sitios arqueológicos, al sur y  norponiente  del  estado,  de  pequeños  caracoles marinos. Estos probablemente fueron usados para colgarse  en  collares  o  pendientes,  o  sujetados  a  los faldellines  u  otro  tipo  de  vestimenta,  como  puede ser constatado hasta el siglo XVII. Podemos observar en la obra de Cabeza de Vaca  que  los  grupos  que  habitaban  en  la  costa  de Texas y Tamaulipas en el siglo XVI intercambiaban conchas marinas a cambio de pieles, pigmentos minerales y otras materias primas con la gente de tierra adentro.

Si  bien  es  cierto  que  estas  fuentes  se  remontan a sólo unos cientos de años, de acuerdo a los contextos arqueológicos donde se han encontrado estos  caracoles  en  Nuevo  León  y  Coahuila,  podemos  afirmar  que  esta  circulación  de  bienes  debió haber  existido  desde  mucho  tiempo  antes.  Por  lo tanto,  se  deduce  que  los  habitantes  de  esta  región costera,   denominada   por   los   arqueólogos   como Complejo  Brownsville, producían  más  instrumentos de concha de los que necesitaban para utilizarlos como mercancía de trueque con grupos del sur y del poniente, al menos desde el prehistórico tardío. Dichos restos malacológicos que se han encontrado a más de 300 kilómetros de distancia de la costa  del  Golfo  de  México,  en  plena  Sierra  Madre Oriental,  permiten  suponer  la  existencia  de  ciertas redes  de  intercambio,  donde  algunos  bienes  podían  obtenerse  desde  zonas  tan  apartadas  como  la franja  costera.

Se  trata  de  intercambios  en  los  que seguramente  participaban  más  de  dos  grupos  para la recolección y la manufactura de los artículos con caracoles, esto sería lo que se conoce como un inter-cambio en cadena. Por  otra  parte,  también  existen  fósiles,  meteoritos  y  cristales  de  roca  que  han  sido  encontrados  en  contextos  arqueológicos  que  evidencian  su traslado,  también  algunos  fósiles  de  especies  que suelen  tener  una  localización  específica;  entonces, con  un  análisis  más  detallado,  se  podría  identificar su posible origen y, por lo tanto, determinar su movimiento en el territorio, lo que en un momento dado comprobaría la actividad de intercambio.

Otro indicador de esta práctica de intercambio es el caso de los guajes, pues en lo que respecta a  la  evidencia  arqueológica  de  distintos  investiga-dores, hasta el momento en todo el norte de Nuevo León no se han encontrado instrumentos, contextos o restos fósiles de semillas que permitan suponer actividades  de  siembra,  sino  que  todos  los  utensilios y  sitios  dan  cuenta  de  un  modo  de  vida  basado  en la recolección, caza y pesca. Incluso, por ejemplo, estudios de restos de polen en sitios como Boca de Potrerillos,  en  Mina,  Nuevo  León,  no  arrojaron ninguna  evidencia  de  plantas  cultivadas.  Lo  mismo podemos decir respecto a la prueba documental posterior, pues no encontramos referencia a cultivos y no se menciona la existencia del maíz en toda esta área.

Tampoco  existía  el  cultivo  de  otras  especies vegetales, como las calabazas o guajes, sino que éstas  eran  transportadas  por  los  ríos  o  eran  producto del intercambio. Entre  los  objetos  que  se  intercambian  con mayor  frecuencia  tenemos  aquéllos  que  son  de  ornamento ritual. Otro  tipo  de  intercambio  involucra  la  circulación de artefactos entre sociedades con distinto modo  de  vida,  al  menos  así  lo  sugieren  ciertos  hallazgos hechos recientemente al sur de Nuevo León, concretamente en el municipio de General Zaragoza;  las  excavaciones  hechas  por  Consuelo  Araceli Rivera  sugieren  que  hubo  movimiento  de  gente  y difusión de materiales desde la costa del golfo hasta las tierras altas de la sierra. Por ejemplo, en los extremos nororiental  y  centro-oriente  de  Tamaulipas,  se  han  localizado  lugares que  fueron  ocupados  a  cielo  abierto,  similares  a  los  de  planicies  semihúmedas,  y  otros  ubicados  sobre dunas  de  arcilla  de  baja  densidad; aquí  se  encontraron  materiales  líticos y herramientas de talla y molienda,  y  algunos  artefactos  de  concha. Asimismo,  se  han  reportado  sitios empleados  como  cementerios,  con objetos  líticos  y,  en  algunos  casos, ornamentos  de  jadeita,  vasijas  cerámicas y tiestos decorados, al parecer de  tradición  huasteca.

De  ahí  que también  Rivera,  basándose  en  cierto tipo de puntas de proyectil y cerámica, tiene la hipótesis de que grupos huastecos ejercieron influencia hacia el norte de Tamaulipas. Sabemos  que  hacia  el  sur  de Tamaulipas  existen  sitios  investigados por  Richard  McNeish  y  Jesús  Nárez, entre  otros  arqueólogos,  los  cuales  recopilaron evidencia de construcciones arquitectónicas, terrenos nivelados con terrazas o plataformas de ocupación edificadas sobre las laderas o en la cima de pequeñas elevaciones, por lo que no podemos descartar  el  contacto  entre  los  grupos  nómadas  de cazadores-recolectores de Nuevo León y estos grupos. Tan es así que, de acuerdo con Rivera, han sido encontradas, entre otras cosas, fragmentos de vasijas de barro, quedando entonces por resolver si se trata de instrumentos de manufactura foránea, pues hasta el momento no se han encontrado evidencias claras  de  que  los  nómadas  cazadores-recolectores los hayan producido.

Aquí es necesario recordar que la lítica también  es  una  prueba  que  verifica    el  intercambio  a través de la aparición de rocas exóticas y artefactos que  reflejan  la  producción  especializada.  Las  rocas  no  son  iguales  en  todas  partes,  por  lo  que  tras un  hallazgo  arqueológico  es  posible  identificar  sus componentes  y  así  obtener  el  origen  de  la  materia prima. En  dos  distintos  sitios  al  sur de  Nuevo  León,  en  la  Sierra  Madre Oriental,  entre  los  miles  de  artefactos recuperados,  sólo  fueron  encontrados dos pequeños fragmentos de obsidiana en La Calzada y uno más en la Cueva  de  La  Zona  de  Derrumbes  que  no estaban completos, siendo únicamente un desecho de talla o posiblemente un fragmento  de  un  artefacto  roto.

De igual  modo,  en  el  sitio  de  Barrancos Caídos,  en  Zaragoza,  se  han  encontrado algunos artefactos de este mismo material. Por  otra  parte,  el  hallazgo  de una pequeña figurilla en un sitio de cazadores-recolectores podría indicar con-tacto con grupos del sur de Tamaulipas, en donde sí existieron pequeños asentamientos  permanentes  con  arquitectura, alfarería  y  agricultura.  Respecto  a  esto, hay  que  señalar  que,  aunque  menciona que podría relacionarse con tipos huastecos, la arqueóloga Rivera le atribuye a las figurillas ciertos rasgos locales.

No obstante, al igual que ocurre en la actualidad, la procedencia de los artefactos no necesaria-mente indica que los grupos que los utilizaron tenían un contacto directo con los grupos productores. Tal vez  llegaron  de  manera  indirecta  a  través  de  otros grupos  que  sirvieron  de  intermediarios.  Nosotros mismos  podemos  utilizar  en  la  vida  diaria  objetos manufacturados en otros países y continentes, pero ello no significa que hayamos realizado largos viajes para conseguirlos. Hemos  comprobado  que  los  grupos  que habitaron  Nuevo  León    y  el  noreste  no  estuvieron aislados  ni  eran  ajenos  a  grupos  que  habitaban  a sus alrededores, y de hecho debieron tener algunas rutas de intercambio. Por otro lado, también sabemos que aunque tenían contacto con otros grupos,  mantuvieron  sus  propias  características  culturales; incluso, aunque tras la llegada de los españoles estos grupos sufrieron graves cambios y adoptaron en mayor o menor medida algunos elementos y rasgos de la cultura occidental, mantuvieron a grandes rasgos el mismo modo de vida hasta su extinción.

Apariencia personal

La  arqueología  por  sí  misma  difícilmente  cuenta con  la  información  suficiente  para  precisar  las  características  físicas  de  las  personas  o  dar  a  conocer la indumentaria usada en tiempos antiguos, pues las pieles,  los  textiles  y  otros  materiales  con  los  que  a través  del  tiempo se   ha   confeccionado el vestido no suelen conservarse durante       mucho tiempo;  esto  sólo ocurre   en   ciertas condiciones.     En el  caso  de  los  indígenas  de  Nuevo León, hasta el momento,  resulta  complicado hacer alguna conclusión   respecto a   las   características de  la  vestimenta,  y más  aún  conocer  con  exactitud  la  aplicación  de  la pintura  corporal,  los  tatuajes  y  el  tipo  de  peinados usados hace cientos o miles de años, ya que los individuos no pueden ser observados por el arqueólogo.

La  arqueología  busca  reconstruir  el  pasado  con  la evidencia que posee. Por esta razón, el  investigador trata de deducir la parte de la vida que desconoce de las sociedades del pasado, utilizando para ello testimonios indirectos y todo tipo de pruebas e información que le sea útil; aunque no se encuentren restos de la indumentaria, sí se pueden recuperar distintos artefactos  asociados  a  su  manufactura.  Por  ejemplo,  si  bien  en  Nuevo  León  no  se  han  encontrado restos  de  la  indumentaria  usada  por  los  indígenas, sí  se  han  recuperado  distintos  artefactos  que  dan cuenta  de  ello;  además,  se  pueden  aprovechar  los datos  etnohistóricos  y  echar  mano  de  la  analogía etnográfica. En  regiones  relativamente  cercanas  como Coahuila, los arqueólogos han hecho hallazgos bien conservados  de  distinto  tipo  de  vestimenta  y  otros artefactos que dan cuenta de la apariencia corporal, pues si bien es cierto que a veces no se encuentran las  vestimentas,  otras  tantas  sí  se  hallan  distintos artefactos  con  las  que  era  manufacturada  la  indumentaria  o  que  formaban  parte  de  ella.

Asimismo, esta información puede complementarse con la evidencia  escrita  que,  aunque  ubica  en  un  momento histórico determinado, es de gran ayuda para precisar las técnicas de manufactura, las materias primas utilizadas y  características formales del objeto. Hay  que  recordar  que  cuando  estudiamos  un  grupo  humano  distinto  al  nuestro  es  necesario dejar a un lado las normas, prejuicios y  convencionalismos  de  nuestra  propia  sociedad  contemporánea;  en  favor  de  la  objetividad  y  el  conocimiento, debemos  dejar  nuestros  propios  valores.  Debemos recordar  que  existen  y  han  existido  distintos  cánones de belleza y moral que cada grupo considera  válidos para sí mismo. Por lo tanto, lo que para algunos es normal y bello, para otros resultaría absurdo e inaceptable. Por ello, sin juzgar como bueno o malo, hay que decir que desde el punto de vista antropológico, aunque distintas, todas son equiparables como manifestaciones que buscan alcanzar los ideales de belleza propios de su época.

Indumentaria

Aunque  la  iconografía  regional  e  imagen  popular muestran a los indígenas locales semidesnudos, con extraños  faldellines  y  grandes  tocados  de  plumas, esto  debe  tomarse  con  cierta  reserva.  Muy  probablemente los hombres, por lo regular, andaban con una especie de taparrabo y el resto del cuerpo que-daba descubierto, tal y como se menciona en las crónicas. Pero  ello  no  significa  que  todos  los  grupos en  toda  época  del  año  vestían  igual,  o  llevaban  la misma apariencia. Por ello hay que  hacer  énfasis  en  que entre  estos  grupos  existían al menos dos tipos de  apariencia  física  e indumentaria:

  1. Aquélla de la vida diaria que respondía al medio ambiente, temporada del año, y diferencias  en  cuanto a género y edad.
  2. Y aquélla que  se  llevaba   en   momentos especiales:     fiestas, reuniones,  enfrentamientos   con   otros grupos, y que servía para  exteriorizar  cuestiones  de  identidad  o  estados emocionales, ejemplo el luto.

Es  difícil  de  creer  que  lograran  realizar  sus actividades  de  manera  cotidiana  estando  semidesnudos en plena época invernal, ya que, de acuerdo a la latitud de Nuevo León y a la altitud de gran parte de su territorio, los inviernos suelen ser muy fríos, y en  ocasiones  la  temperatura  desciende  por  debajo de los cero grados centígrados, presentando heladas y  nevadas  en  algunas  áreas.  Por  lo  tanto,  debieron hacer uso de pieles y otro tipo de vestimenta, por lo que seguramente tras la cacería de distintos mamíferos como venados, coyotes, conejos, liebres y otras especies, usaban su piel. Estas  pieles,  ya  que  estaban  bien  curtidas y  aderezadas,  pudieron  ser  usadas  como  cobijastapetes  o  camas  al  extenderlas  en  el  suelo  de  las cuevas o dentro de las chozas; en ocasiones debieron ser cortadas de distintos tamaños para elaborar aditamentos que conformaban parte de su atuendo. Por ejemplo, ciertas muñequeras que usaban como funda  para  guardar  un  cuchillo  y  que  simultáneamente  servían  para  protegerse  del  abatimiento  de la  cuerda  del  arco.

De  igual  modo,  uniendo  varios fragmentos, hacían aquello que los españoles llamaban zamarros.  Para unir estos fragmentos de piel es posible que se les practicaran perforaciones en las orillas  con  una  herramienta  de  pedernal  o  punzón de hueso, para luego introducir un cordel de ixtle o una delgada tira de piel. Respecto a esto, cabe mencionar  que  en  las  cuevas  secas  de  Coahuila  se  han encontrado tiras delgadas de piel. No sabemos con certeza la forma y el tamaño que tenía la vestimenta hace miles de años, pero, en tiempos  históricos,  sabemos  que  las  mujeres  indígenas usaban una faldilla manufacturada en piel de venado.  En  cuanto  a  sus  características,  al  parecer ésta cubría por el frente tres cuartas partes de la pierna,  mientras  que  por  el  reverso  arrastraba  unos  20 centímetros. Al final se colgaban cuentas de piedra y hueso, caracoles, dientes de animales, frutos secos o semillas; muchos de ellos se han conservado hasta la actualidad, y son los que el arqueólogo llega a encontrar. Posiblemente  no  sólo  había  faldas  de  piel, sino que debió ser muy común el atuendo de fibras, pues  sabemos  que  había  un  tipo  de  faldellines  hechos de heno, paixtle o pastle (Tillandsia usneoides) zacate o algún tipo de textil elaborado a base de una fibra vegetal, probablemente ixtle finamente hilado.

Calzado

Aunque  en  las  fuentes  históricas  a veces  se  juzgaba  que  algunos  grupos andaban descalzos, por diversas razones  resulta  un  tanto  complicado  tomarlo  de  manera  literal  pues, por  un  lado,  hay  que  recordar  que cuando los españoles describen esto lo hacen en una situación anormal, ya  que  los  indígenas  estaban  en  una  posición  desfavorable  que  los  mantenía  sojuzgados,  la  cual  los orillaba a cambiar sus prácticas y modificar sus costumbres; mientras que, por otro lado, sabemos que todo grupo humano busca satisfacer este mínimo de necesidades.

Con  mayor  razón  si  lo  consideramos desde el punto de vista de que nuestro territorio se compone, en gran medida, de vegetación con espinas. Por lo tanto, estos grupos seguramente usaban sandalias  o  cacles,  como  los  menciona  De  León,  y debió existir algún tipo de calzado. Respecto  a  esto,  sabemos  que  en  Coahuila se han encontrado en excelente estado de conservación  cientos  de  sandalias  manufacturadas  con  ixtle de  lechuguilla  y  algunas  de  yuca  (o  palma  china), pues, por ejemplo, sólo en la cueva de La Espantosa, en el municipio de Cuatrociénegas, fueron recuperadas 950 sandalias de ixtle. En  lo  que  se  refiere  a  sus  características,  al parecer  existía  una  gran  diversidad  en  cuanto  a  la forma y técnicas de manufactura, pues las hay desde algunas  burdas  hechas  sólo  con  las  pencas  trenzadas,  hasta  algunas  más  elaboradas,  tejidas  con  un delgado hilo de ixtle y, en cuanto a la talla, las hay desde un tamaño propio para niños pequeños hasta la talla de un adulto.

Por su parte, en Nuevo León, aunque no se ha encontrado evidencia física de sandalias en los sitios arqueológicos, se cree que debió haber algo similar a las encontradas en las cuevas de Coahuila, así como otras hechas con suela de cuero sin curtir, a manera de vaqueta. Esta suela de cuero debió  cortarse  de  acuerdo  al  tamaño  del  pie,  y,  al menos en ciertos casos, se dejaba el pelo del animal en la parte de abajo. Luego, con un perforador de pedernal, debieron hacerse algunos agujeros en las orillas  por  donde  se  introducían  delgadas  tiras  del mismo material o ixtle para sujetarlas al tobillo.

Ornamentos

Walter  W.  Taylor  señalaba  que  en  el  noreste  de México  los  objetos  de  ornamentación  eran  hallazgos  raros  que  se  presentaban  sólo  de  manera  ocasional.  Y  es  que  si  se  compara  con  otro  tipo  de artefactos,  efectivamente  los  ornamentos  son  un hallazgo poco frecuente. No obstante, a pesar de la poca proporción de ellos en la evidencia arqueológica, sabemos que existían distintos tipos de adornos usados en el atavío personal.

En  relación  a  los  objetos  que  se  utilizaban como  ornamentos  poco  tiempo  antes  de  la  llegada de  los  españoles  y  durante  los  primeros años de la colonización, sabemos que consistían en tocados, collares y perforaciones corporales,  por  lo  que  había  cuentas  de piedra, hueso y concha. Las joyas más comunes eran pendientes o aretes, narigueras y una especie de ornamentos que se conocen como bezotes, los cuales se colocaban en una perforación que se hacía bajo los labios, y estaban elaborados en madera, hueso  y  decorados con   plumas; seguramente  debió     ocurrir una    situación muy   semejante   desde   hace miles  de  años, pues  así  lo  reflejan  distintos hallazgos. Ahora bien,    al    momento  de  elegir   y   priorizar ciertas especies y  materiales  sobre  otros,  debieron actuar distintos criterios. Por ejemplo, es obvio que uno de ellos era el práctico/funcional, pues debía tratarse  de  materiales  y  objetos  cuyo tamaño   permitiera   portarlo   con cierta comodidad. Sin embargo, tal vez éste era un criterio que pasaba a  segundo  plano  ante  otros,  como el    aspecto  simbólico.

Y  es  que  lo simbólico tiene distintas vertientes, pues,  además  de  lo  ornamental, debieron  atribuir  diferentes  cualidades  a  diversos  objetos,  y  éstos  iban  desde  poderes y sobrenaturales hasta algún reflejo de estatus o condición  social  dentro  del  grupo.  Es  posible  que sirvieran para distinguir el género de la persona que portara  ciertos  elementos;  además,  ciertos  objetos o  adornos  de  apariencia  corporal  podía  expresar  el estatus de un individuo con referencia al matrimonio. De igual manera se podía mostrar si se trataba de  individuos  ancianos,  adultos,  jóvenes  o  niños. También  debió  servir  para  reflejar  una  identidad específica. Sin ser excluyentes, tal vez la ornamentación y apariencia corporal tenía una doble función. Una era hacia el interior del grupo y otra hacia el exterior,  es decir, hablaba acerca de cómo mostrarse ante los otros.

Sin  embargo,  aunque  todo  lo  anterior  se puede comprobar a través de la evidencia arqueológica, ésta aún no permite ir más allá de la construcción de hipótesis que se busca corroborar, pues aún es  necesario  realizar  muchas  investigaciones  más para complementar la información existente. Por  otro  lado,  están  las  características  formales  de  la  evidencia  material    que  permite  conocer mucho acerca de lo anterior. Una muestra  de  ello  es  el  material  que  se ha  localizado  en  distintas  excavaciones  del  noreste  de  México.  Algunos collares  utilizados  por  estos  grupos estaban  compuestos  por  una  serie  de cuentas  tubulares  de  hueso,  aunque también se podían intercalar con otro tipo  de  cuentas  de  distintos  materiales, como las semillas, cuentas de concha, pequeños caracoles y dientes que se  ensartaban  en  un  hilo,  tal  y  como ocurre en Coahuila. Aunque hasta el momento dichas  cuentas  tubulares  de  hueso  son las  más  abundantes,  de  las  encontradas  en  Nuevo  León, sabemos  que usaban otros ornamentos y cuentas de material  óseo.  Se  ha  encontrado  que también se utilizaron vértebras y otros huesos  de  distintas  especies  de  reptiles,  aves  o  mamíferos  más  grandes.

Asimismo, pezuñas, colmillos y dientes de animales eran  amarrados  en  cordeles  para  ser  usados  como ornamentos. En  cuanto  a  las  conchas,  ya  sea  de  agua dulce  o  marinas,  se  usaban  de  distinta  forma  y  se debieron elaborar tal y como ocurrió en otras partes de nuestro país. A veces se dejaban casi en su forma natural  y  sólo  le  practicaban  una  perforación,  probablemente  con  una  lasca puntiaguda  o  un  buril  de pedernal,   se   taladraba un  agujero  por  un  lado  y luego  se  hacía  lo  mismo del  otro  lado,  hasta  que se unían los orificios e introducían  un  cordel  para colgarlo  como  pendientes o en un collar.

En      otras      ocasiones,    además      de    la perforación,   se   cortaban y    limaban  ciertas  áreas, hasta  obtener  una      figura geométrica con  los  lados rectos,  y,  en  ocasiones, con  muescas  angulares. Otro  tipo  de  trabajo  con la  concha  era  la  manufactura   de   cuentas   discoidales,  que  se  hacían redondeando      pequeños discos, los cuales también eran  perforados  al  centro, siendo  la  perforación  casi siempre  de  manera  bicónica. Por  su  parte,  a  los caracoles  marinos,  de  los cuales  la  mayoría  de  ellos son  del  género marginella  y  se  han  recuperado de distintos sitios arqueo-lógicos  de  Nuevo  León  y áreas  vecinas,  se  les  hacía una    pequeña    perforación para  ser  ensartados  e  introducir  un  hilo,  tal  y  como  lo  muestran  análisis  microscópicos.

Dicha perforación tal vez se hacía por desgaste, friccionando en uno de sus lados con una roca áspera, por ejemplo, la arenisca. Estos artefactos se obtenían por intercambio, pues provienen de lugares a cientos de kilómetros; no podemos asegurar si la perforación era realizada por los grupos que los  recolectaban  y  habitaban  cerca  de  la  costa,  por los  grupos  locales  tierra adentro  o  por  ambos,  sin embargo,  es  posible  que hayan  llegado  al  noreste ya con la perforación.

Pintura, tatuaje y escarificación

De  acuerdo  a  la  analogía etnográfica   y   evidencia etnohistórica,  es  posible que    la    pintura    corporal,   la   escarificación,   el tatuaje,  el  peinado  y  el corte  de  cabello  que  utilizaban  los  indígenas  de Nuevo  León  variaban  de acuerdo  al  grupo  al  cual pertenecían, al género y la edad.  Incluso  debió  ser diferente  en  ciertos    momentos, pues no era igual la    apariencia    cotidiana respecto  a  aquélla  de  un día de fiesta. Lo  mismo  debió ocurrir   para   otros   momentos,  pues,  al  menos en  la  época  colonial,  la apariencia corporal podía variar  si  expresaba  luto, ya   que,   como   en   otras sociedades,   éste   se   exteriorizaba   depilándose   o arrancándose  el  cabello  de ciertas  áreas  de  la  cabeza y pintándose la cara con ceniza,  como  los  describe  De  León.

Sin  embargo,  al parecer los distintivos principales entre cada grupo, más que el atuendo, eran precisamente la ornamentación corporal y los tipos de peinados. La pintura facial y corporal era muy variada en tiempos históricos, pues las fuentes mencionan que estaba constituida por líneas rectas, horizontales, curvas y onduladas. Y es muy posible que esta misma situación haya ocurrido cientos o hasta miles de años antes de la llegada de los españoles al continente americano, pues es una práctica muy generalizada en diferentes épocas y en todo el mundo. En  el  caso  de  los  indígenas  que  habitaron Nuevo León, contrariamente a lo que en ocasiones se ha creído, las formas y figuras pintadas y tatuadas no  eran  un  simple  capricho  o líneas  azarosas,  sino  que  seguramente  dichas  diferencias tenían   un   significado   específico  y  se  utilizaban  con  un propósito  determinado,  obedeciendo a fines concretos.

En cuanto a la materia prima empleada para elaborar la  pintura  corporal,  debieron usar diversos tipos de barro o tierra, carbón molido, cenizas y  otras  sustancias.  Probablemente  también  usaban  la  hematita,  que  no  es  sino  óxido de  hierro,  el  cual  es  posible encontrar   en   estado   natural como   pequeñas   rocas,   que eran  molidas  para  obtener  el polvo  que  era  usado  como  pigmento.  Respecto  a esto,  es  importante  comentar  que  en  distintas  cuevas y abrigos rocosos de Nuevo León se han recuperado no sólo pequeños fragmentos de estas rocas, sino  que  también  se  han  encontrado  los  metates  y las  manos  donde  dichos  pigmentos  eran  molidos, pues de manera extraordinaria dichos artefactos aún conservan el polvo rojo adherido a la superficie, y lo mismo ocurre en Coahuila.

Probablemente  la  pintura  corporal  no  era usada  de  manera  consuetudinaria,  sino  que,  como en otras sociedades, se aplicaba solamente en ciertas ocasiones, como ceremonias y en los conflictos o peleas  con  otros  grupos.  Sin  embargo,  a  diferencia de la pintura corporal, la cual se aplicaba y quitaba con facilidad al enjuagar, existía otro tipo de marcas corporales que eran permanentes. Al parecer el tatuaje, como en otras sociedades del norte de México y el mundo, se realizaba de la siguiente manera: primero se hacían punciones o cortes  en  la  piel  dibujando  la  forma  deseada  y,  en las  heridas  vivas,  se  colocaba  carbón  molido.  De este  modo,  al  cicatrizar,  el  pigmento  quedaba  bajo la epidermis y, por consiguiente, la figura quedaba marcada en un tono azulado que se iba oscureciendo.

Por    otra    parte    tenemos una  modificación  corporal  permanente:  la  escarificación,  la  cual,  a diferencia  del  tatuaje,  no  requiere pigmento  alguno,  sino  que  se  obtiene  sólo  rasgando  y  cortando  la piel.  Técnicamente,  la  escarificación consiste en hacer cortes en la piel,  pero  no  se  trataba  de  causar simples  heridas  al  azar,  sino  que el  tamaño  y  la  forma  de  los  cortes eran    planeados,  pues  se  esperaba que con el tiempo, al cicatrizar las heridas,  la  figura  deseada  se  iba  a apreciar  en  relieve  y,  debido  a  la nueva piel, en otro tono. Al parecer esto se hacía en varias ocasiones durante la vida de una persona con el fin de enfatizar y darle mayor nitidez  a  las  marcas  en  ambos  casos,  es  decir,  tanto en el tatuaje como en la escarificación era indispensable utilizar determinadas herramientas punzocortantes para realizar la figura deseada.

Éstos podían ser  de  distintos  materiales,  como  los  de  pedernal, que eran puntiagudos y filosos, o pequeños dientes de animales, por ejemplo los incisivos de roedores, y también se usaron espinas duras, como las de nopal, maguey, lechuguilla u otras especies. Respecto a lo anterior, resulta por demás interesante citar las palabras de fray Vicente de Santa María: Esta  maniobra  de  frotar  a  los  chicos,  como se ha dicho, no para sólo en una vez: la reiteran muchas, no sólo en la infancia y en la niñez  sino  también  en  la  juventud  y  en  las demás edades, sin que se exceptúen los viejos  y  las  viejas,  para  que  siempre  estén  las señales vivas.

Esta descripción pertenece a la parte sureste de Nuevo León, aunque sabemos que la escarificación estaba ampliamente distribuida.  Así, tenemos en  los  documentos  escritos  por  españoles  la  referencia a lo que llamaron peines, que eran utensilios para  hacer  las  escarificaciones  y  que  en  ocasiones estaban formados con dientes de ratón. Asímismo, se tiene evidencia arqueológica de estos artefactos, pues  dichos  peines  fueron  encontrados  en  cuevas secas de Coahuila. También pudieron ser espinas, costillas de pescado y dientes afilados, lo que, además de tener como resultado un tatuaje o escarificación, nos permite pensar que la sangre que brotaba pudo ser un tipo de sacrificio u ofrenda. Arqueológicamente,  Taylor y  Aveleyra  encontraron  en sus excavaciones diferentes tipos de escarificadores similares a los que mencionan los cronistas.

En cuanto a los tipos de peinados, según las  fuentes  escritas,  también  sabemos  que  algunos grupos  traían  el  cabello  largo  y  sujeto  con  correas de  venado,  mientras  que  otros  se  rapaban  toda  la cabeza, y unos más sólo lo hacían en ciertas áreas de la  misma.  Esta  práctica  de  cortarse  y  afeitarse  el cabello, más que realizarse con puntas, cuchillos u otros artefactos, debió hacerse con pequeñas lascas de pedernal recién extraídas de un núcleo o nódulo, las  cuales  eran  delgadas  y  tenían  un  filo  agudo,  lo que permitiría afeitarse con más facilidad. Es posible que, a manera de tocado, algunos grupos usaran plumas  de  aves  como  adorno  o  complemento  de ciertas  prendas,  por  lo  que  seguramente  cazaban distintas  especies  de  acuerdo  al  hábitat  en  donde vivían, y quizá para conseguir otras diferentes lo ha-cían a través del intercambio.

*El presente texto se rescata del Tomo I: Monterrey Origen y Destino (2009). Donde participaron:José Antonio Olvera en la Coordinación General. Eduardo Cázares, como Coordinador Ejecutivo y Ernesto Castillo como Coordinador Editorial.

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