El fraile que no se mojaba (Leyenda)

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En uno de los monasterios construidos para llevar a cabo la evangelización de la Nueva España, en el centro del país, vivía el Padre Fray Agustín de San José, originario de Castillo la vieja, lugar ubicado en la parte norte de España donde hoy está la Provincia de Burgos. Era un hombre que se diferenciaba por sus virtudes, todos los prelados que tenían trato con él quedaban asombrados por la forma como se manejaba en la vida tanto dentro como fuera del monasterio, tenía en sus haberes espirituales demasiadas cosas que lo hacían brillar entre sus semejantes. Cuando se acercaba a confesar, los superiores que lo escuchaban pensaban que nunca había perdido la gracia otorgada por el bautismo. Entró en la orden religiosa sorprendiendo a todos sus familiares, porque venía de un hogar con todas las facilidades que los medios económicos pueden otorgar y renunció a las riquezas por seguir las enseñanzas de Jesucristo.

Durante su vida religiosa ejerció y practicó todas las virtudes; en el silencio de manera específica fue un ejemplo, jamás ocupó sus palabras en otra cosa que no tuviera que ver con el cuidado de su alma.

Su caridad fue tan grande que no conocía la medida del tiempo para atender a cualquiera que recurriera a él por auxilio espiritual, dedicando prácticamente toda su vida a conseguir almas para Dios.

En su tiempo de descanso, solía estar confesando y todos tenían en él un piadoso Padre para entender y aceptar las debilidades humanas y al mismo tiempo un severo Juez para reprender los vicios y negar la absolución al que no la merecía. Jamás dejó el estudio de la teología y practicaba la humildad a tal grado que cualquier dificultad que encontraba preguntaba lo que debía hacer, siendo por lo común sus decisiones las más acertadas. Muchas veces se quedó sin comer por ayudar a los pobres y los necesitados. En cuarenta años que estuvo a cargo de la portería, jamás se le notó palabra o acción que mostrara impaciencia. Al visitar los pueblos cercanos, era llevado por su impulso de ayudar a pobres enfermos y llamar a las gentes para confesarlas, jamás hizo otra cosa que predicar y ejercer la caridad. En el bien del monasterio gastó su vida entera sin sentir en su corazón el mínimo peso o decepción, procurando con el mayor esmero el honrar los hábitos que portaba. Fue el encargado de cuidar de la cañería del agua durante muchos años, gastando incluso lo que le correspondía de forma individual en bien de todos los frailes. Por su cuidado y responsabilidad no se preocupaban en el monasterio por las averías que se presentaban, sólo era necesario avisar al Padre Fray Agustín quien reparaba todo.

Un día le llamaron de la ciudad de Lerma, a cuatro leguas de Toluca, para asistir a un enfermo en peligro de muerte, y administrarle los sacramentos. Cuando recorría el camino lo encontró el médico de la zona que iba en su calesa a visitar al mismo hombre. Al ver que el Padre Fray Agustín se mojaba por el torrencial aguacero que caía le invitó a subir con él, propuesta que el fraile declinó siguiendo su camino. Llegaron los dos a su destino y todos pensaban que el Padre Fray Agustín tendría toda la ropa mojada, por el contrario estaba completamente seco, el médico quien fue el que lo ayudó con la capa, estaba sorprendido y dio testimonio bajo juramento ya que ese tipo de incidentes tienen especial importancia, tratándose de personajes del clero, y les atribuyen cierta cualidad divina.

Hubo algunos otros episodios durante su vida de esa naturaleza, y cuando se encontró anciano y enfermo siguió dando muestras de agradecimiento a Dios por todo lo que le mandaba incluyendo los numerosos achaques de su avanzada edad. Padeció y sufrió con gran paciencia hasta el momento de su muerte y nuca dejó de asistir al coro hasta que le ordenaron por su propia salud que por obediencia se recluyera en una celda a rezar, actividad en la cual gastaba casi todas las horas del día. En este periodo último de su existencia varios religiosos deseaban con ansia, algunos de sus pobres objetos personales como reliquia.

Todavía es común que los habitantes de la zona, se encomienden a él como tradición, cuando tienen que atravesar el campo durante la época de lluvias por toda esa región que comprende las cercanías de la Ciudad de Toluca, aunque nunca la Iglesia Católica ha hablado de este personaje.

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About Author

Jorge Angulo

Ciudad de México (1968). Profesionista egresado de la carrera de Administración de Empresas, apasionado de los libros desde muy pequeño por enseñanzas de su padre. Comenzó a tomar talleres de creación literaria y narrativa en Monterrey N.L. Participa actualmente en el grupo literario Amigos del Museo, perteneciente al Museo Iconográfico del Quijote ubicado en Guanajuato, Capital Cervantina de América.

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