La Arqueología. Monterrey Origen y Destino

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Hace algún tiempo, en el autobús, un señor de edad me preguntó qué hacía. Yo le dije que era arqueólogo. Él replicó: ‘Eso debe ser maravilloso, porque lo único que se necesita para tener éxito es suerte’. Tuve que convencerle que su punto de vista no era el mío. Él tenía la idea de que el arqueólogo desentierra el pasado, que el arqueólogo con éxito es el que descubre algo que no se había visto antes, que todos los arqueólogos emplean sus vidas yendo de un lado a otro con el fin de realizar descubrimientos espectaculares. Es ésta una concepción de nuestra ciencia quizás apropiada para el siglo XIX, pero no hoy en día, al menos en los términos en los que yo la concibo.

Lewis R. Binford

Gran parte de la población desconoce el papel del arqueólogo y el objeto de estudio de la arqueología. Incluso, en muchas ocasiones suelen confundirse y la gente asocia todo lo antiguo con arqueología. Por ejemplo, al encontrarse con un arqueólogo entre un grupo de personas, y al conocer que su profesión es la arqueología, inmediatamente surge alguien que hace comentarios acerca de lo interesante que debe ser encontrar los restos fósiles de caracoles, concha  y dinosaurios.1 Situación que desde luego le resulta incómoda, pues el arqueólogo debe explicar que eso no es arqueología, sino paleontología,2 y que a la arqueología lo que le interesa es un pasado mucho más reciente, comparado con el que suele tener la paleontología. Ya que al arqueólogo, y concretamente el que trabaja en el continente americano, se remonta a varias decenas de miles de años atrás, pues su interés es el estudio del hombre a través de la evidencia material.

Es cierto que muchas veces las personas conocen a grandes rasgos lo que hace un arqueólogo, pero, en realidad, no lo conciben desempeñándose en el noreste de México, concretamente en Nuevo León. Se cree que solamente hay evidencia arqueológica en el centro o sur de nuestro país, pero es necesario aclarar que antes de la llegada de los españoles, en Nuevo León también hubo grupos humanos que vivieron desde hace varios miles de años, y, por lo tanto, dejaron rastros de sus quehaceres cotidianos. En mucha de la obra historiográfica regional se ha reflejado un menosprecio o confusión acerca del papel de la arqueología practicada en el noreste, ya que suele estar bajo la sombra de las grandes pirámides.Por ello, debemos enfatizar que la importancia del patrimonio arqueológico no radica en sus características formales: sus dimensiones, su color, peso, textura y material. De este modo, una cabeza colosal de varias toneladas y una pequeña punta de flecha de apenas unos gramos son el producto de diferentes actividades humanas y distintos procesos sociales. Por lo que cada artefacto o sitio arqueológico refleja aspectos específicos sobre la vida cotidiana, organización social y económica, la cosmovisión, la adaptación y los cambios ambientales en los que estaban inmersos los individuos que los manufacturaron. En otras palabras, no resultan válidas las comparaciones, pues todos tienen la misma importancia científica y están protegidos por la misma ley.

En la historia de la arqueología se han hecho innumerables hallazgos de artefactos; sin embargo, es necesario precisar que casi siempre se trata de espacios de carácter político y religioso de la élite, o de contextos mortuorios, los cuales poseen un gran valor simbólico pero que difícilmente reflejarán el carácter de la sociedad en su conjunto. Cuando se quita el velo sensacionalista que los medios de comunicación muestran de esta ciencia, se cuenta con hallazgos muy poco deslumbrantes, pero de igual o mayor valor científico, por el potencial de información que aportan. Se trata entonces de sitios sencillos, pero que permiten reconstruir la vida cotidiana de las sociedades pretéritas por medio del estudio y el análisis de los artefactos que les permitían elaborar sus viviendas, vestimentas, así como todo lo relacionado con las actividades de subsistencia y las creencias sobrenaturales. Pero, ¿qué es la arqueología? Existen muchas explicaciones acerca de lo que es la arqueología y podrían surgir muchas páginas debatiendo acerca de dicha pregunta. En México, la arqueología está más cerca de la antropología que de la historia; mientras que en países de Europa está más relacionada con la historia del arte. Por lo tanto, de acuerdo al arqueólogo, a la época y tendencia teórica, la respuesta a dicha pregunta sería un tanto distinta.

Aunque se puedan encontrar variantes en cuanto al medio en que se desenvuelve esta ma arteria, lo cierto es que muchos coinciden en que la arqueología es el estudio del pasado a través de la cultura material. Pero, ¿qué tanto tiempo atrás en el pasado?

Hay quienes aseguran que no necesariamente tiene que ser el pasado y, simplemente consideran la arqueología como el estudio de las relaciones entre conducta humana y cultura material. Incluso un arqueólogo puede hacer investigaciones, por ejemplo, con los desechos de nuestra sociedad contemporánea. Es decir, a partir de utensilios, construcciones y todos los objetos manufacturados y usados por el ser humano, asociándolos entre sí y con las áreas donde realizaba dichas actividades. Con base en esto, el arqueólogo debe responder distintas preguntas, como: ¿hace cuánto tiempo ocurrieron los hechos? ¿Quién hizo dichos objetos? ¿De dónde vinieron?

Para responder cuestiones de tiempo, el arqueólogo tiene dos grandes formas de atribuir la antigüedad. Una de ellas es la cronología absoluta y la otra la cronología relativa. La llamada cronología absoluta es una forma de otorgar la antigüedad a un artefacto con base en criterios exactos, que se pueden medir y contrastar de manera empírica. Esto se hace a través de estudios físicos y químicos en un laboratorio.7 Sin embargo, no todos los materiales se pueden fechar del mismo modo, depende si se trata de material orgánico o inorgánico, y, concretamente, si es piedra, cerámica, madera u otro material.

Sin duda, una de las más conocidas es la técnica de radiocarbono o carbono 14, la más utilizada en Nuevo León y el noreste de México. Para aplicar dicha técnica es necesario que el material a fechar sea de origen orgánico y posea el elemento químico mencionado (se pueden fechar huesos, madera, otros restos vegetales o animales), principalmente aquéllos en forma de carbón o ceniza.Hay que mencionar que esta técnica tiene límites para su uso, se debe evitar la contaminación de los materiales ya que, al entrar en contacto con otras materias orgánicas como la mano e incluso el humo de cigarro, podrían alterarse los resultados. Asimismo, la cantidad de carbón radioactivo total va disminuyendo, de ahí que no se pueda usar en muchos sitios del viejo mundo; aunque sí es suficiente para  nuestro continente porque no está documentada la aparición del hombre en una fecha anterior.

La otra forma de conocer la antigüedad de un artefacto es la cronología relativa que, como su nombre lo indica, no es precisa, sino que puede variar. No existe una certeza porque no puede ser verificada en el laboratorio, sino que sólo es posible inferirla. En estos casos, el arqueólogo puede atribuir la temporalidad a distintos factores, como cuando se analiza la asociación de artefactos y elementos ya localizados al contexto en donde se encontró.

Una forma de cronología relativa es el principio de superposición, lo que quiere decir que, tras una excavación, se pueden percibir distintos estratos o capas de suelos con distinta textura y color. En condiciones normales, una capa es más reciente que aquélla que cubre, lo que hace suponer que los artefactos encontrados a mayor profundidad serán más antiguos que los que estén cerca de la superficie. Lo interesante en este caso es que, al excavar dos sitios distintos en una misma región, es factible encontrar semejanzas entre ambos, pues su formación puede compartir acontecimientos naturales o eventos culturales que forman características en las capas, lo que permite homologar los hallazgos. En otras palabras, si en el sitio A  se realizaron pruebas de carbono 14 y, por consiguiente, se conoce bien la antigüedad de cierta capa estatigráfica, se asume que los artefactos asociados a esta capa tienen la misma antigüedad. En caso de que en el sitio B  se encuentren artefactos similares, se podrá otorgar la misma antigüedad que en el sitio A , aun sin hacer análisis de carbono.

Lo anterior no es tan sencillo, porque la simple presencia de un artefacto antiguo no convierte a todo el sitio en contemporáneo a dicho objeto. Existe la posibilidad de que ese artefacto haya sido encontrado por el grupo en un lugar, y luego transportado e incluso usado en otro. En otras palabras, y para entenderlo mejor, imaginemos este contexto en nuestras propias casas del siglo XXI, en las cuales podemos poseer un plato, reloj u otro artefacto antiguo que haya pertenecido a la familia por varias generaciones, pero ello no significa que nuestra casa y nosotros mismos estemos viviendo a principios del XX. Esto provoca que la antigüedad no pueda precisarse con exactitud, por lo que a veces los arqueólogos escriben Circa  2,000 años a.C., lo que significa que la antigüedad está alrededor de 2,000 años antes de Cristo9 y, por consecuencia, sería alrededor de 4,000 años a. P. que quiere decir, antes del Presente.

En lo que respecta a la catalogación que se hace de los objetos, una forma de ordenarlos es a través de lo que se conoce como tipología. Mientras en Mesoamérica predomina la tipología de materiales cerámicos, en el norte de México, concretamente en el noreste y Nuevo León, esta tipología se realiza con base en los artefactos líticos, de piedra. Para entender esto hace falta un profundo análisis crítico, que por ahora no tendría sentido, pero a grandes rasgos podemos señalar que deben existir distintos atributos que muchos instrumentos comparten entre sí. Para formar un tipo se requiere encontrar distintos artefactos en varios lugares, pues no se pueden inventar con ejemplares únicos.

Muchas veces, los tipos sirven para ubicar la posible procedencia o antigüedad del artefacto en cuestión. De este modo, para tener un orden, se nombran de acuerdo al lugar donde fueron encontrados por primera vez. Por ejemplo, en 1926, cerca de Folsom, Nuevo México, fue descubierto un tipo de puntas, a las cuales asignaron precisamente el nombre de Folsom .10 Esto no significa necesariamente que ése sea el lugar donde se empezó con su manufactura, sino que se debe solamente a convencionalismos de los arqueólogos, quienes posteriormente han llamado puntas Folsom  a muchas puntas encontradas en distintos lugares de Norteamérica y México, pero que mantienen semejanzas con aquéllas de 1926.

El caso anterior es para señalar que los tipos los proponen los arqueólogos para evitar confusiones y así hablar en los mismos términos, aunque, desde luego, muchas veces son temas de controversia, ya que se le dan nombres distintos a lo que aparentemente es un mismo tipo.

Lo que un arqueólogo llama o considera tipo, otro lo puede denominar de otra forma, pero esto casi siempre se trata de evitar, pues se pretende llegar a un consenso en la comunidad de arqueólogos que estudian determinada región.

Otro cuestionamiento o crítica que se puede hacer a la elaboración de tipologías por parte de los arqueólogos es que, en ocasiones, olvidan que la catalogación de los artefactos y creación de tipologías no debe ser la finalidad o meta, sino que es sólo una valiosa herramienta; la catalogación y tipología deben ser sólo los medios para llegar a conocer el pasado. Además, como señala Leticia González, desgraciadamente muchos arqueólogos dedican demasiado tiempo en buscar y crear listas de tipos, que no profundizan en el conocimiento de los creadores, sino que se quedan en el objeto y su distribución geográfica.11 Aunque es significativo determinar cómo eran los artefactos, de qué materiales estaban hechos o cuándo y dónde fueron usados, lo importante es tratar de dilucidar los procesos económicos y sociales que originaron la creación y uso de los mismos.

Por otra parte, en relación a la metodología usada por la arqueología, existe una fuerte coincidencia con la antropología. En el caso de México, la arqueología es considerada como una rama de la antropología o la etnología. La etnología es, de algún modo, lo mismo que la antropología. Su diferencia muchas veces es más de nombre que el objeto de estudio. Lo importante aquí es que el concepto de etno  viene de etnia, que a su vez surgió del griego ethnos , que significa pueblo. Por lo tanto, un antropólogo o etnólogo puede ir a una comunidad, entrar en contacto con gente viva y así iniciar el estudio de su modo de vida, sus costumbres, sus creencias religiosas y su organización social y política.

En sus inicios, la antropología, concretamente en el auge del enfoque evolucionista de finales del siglo XIX, solía hacer comparaciones entre los hombres de la antigüedad y algunos grupos contemporáneos que conservaban un modo de vida simple, es decir, que poseían una cultura material poco numerosa y basaban su economía en la caza, pesca y recolección. Pues se consideraba a ciertas sociedades como fósiles vivientes o sobrevivencias, ya que se pensaba que estaban en el mismo estadio evolutivo. Esto era un error que fue justamente criticado, pues no se trata de grupos que quedaron congelados en el tiempo, desde luego, son diferentes.

Sin embargo, ello no quiere decir que no se puedan hacer ciertas analogías entre grupos que vivieron en distintas épocas y diferentes espacios geográficos; esto sí puede ser de utilidad, pues los antropólogos y los arqueólogos se percataron que distintos grupos humanos pueden responder de manera semejante a problemas similares, y así ha sido durante mucho tiempo. Es decir, para cruzar un río y navegar es necesario algún tipo de trasporte, por lo que se crearon las balsas. Para hacer fuego, es posible hacerlo a través de la fricción rotatoria de dos palos, y esto ha ocurrido en distintas culturas y épocas. Esto no significa que haya existido contacto alguno entre dichos grupos, sino que solamente refleja una conducta similar para resolver o satisfacer una necesidad.

Entonces surgió lo que se llama analogía etnográfica y la etnoarqueología, que son estrategias de utilidad para el investigador. Hay arqueólogos que afirman que se puede “estudiar la cultura material del presente para entender el pasado”.12 Por lo que es válido utilizar la etnoarqueología para inferir actividades domésticas o de manufactura, y para evaluar áreas de actividad e indicadores arqueológicos. 13 Y es que la ventaja principal de la etnoarqueología o de los estudios etnográficos es que el comportamiento se observa, no se infiere, de ahí que haya menos probabilidades de que se multipliquen las especulaciones.14 Por ejemplo, en el caso concreto de nuestro país, se ha utilizado con cierto éxito la analogía etnográfica y la etnoarqueología en Mesoamérica.15 Donde diversos investigadores, en la actualidad, han hecho inferencias para interpretar no sólo aspectos relacionados con la vida cotidiana, también con creencias religiosas.

Todos sabemos que la materia prima, forma y función de un metate, es prácticamente la misma desde hace mucho tiempo. Pues, aunque ha sufrido cambios, existe una continuidad cultural, así como elementos que han variado poco. En otras palabras, desde hace milenios, las comunidades indígenas o rurales han molido el maíz para extraer la harina, por lo que se ha hecho y se sigue haciendo casi de la misma forma.

Entonces, ante el hallazgo de un metate en un contexto arqueológico, se puede hacer la deducción de que se trata de un artefacto para moler, y que probablemente era utilizado por las mujeres. También sabemos que cierta cerámica ha sido manufacturada prácticamente sin cambios durante varios siglos, y que en muchas comunidades indígenas o campesinas las prácticas y técnicas de cultivo se han conservado.16 Sería muy extenso continuar con más ejemplos donde arqueólogos, antropólogos o historiadores apelen a una continuidad cultural en Mesoamérica para explicar la cultura material y el comportamiento social, religioso o económico de los indígenas prehispánicos o viceversa, por lo que sólo mencionamos algunos casos.

Se observa que en todos los ejemplos anteriores se ha utilizado la etnoarqueología, se destaca que son regiones donde en la actualidad existen grupos indígenas. Por lo tanto, es inevitable que surja una pregunta: ¿es posible hacer etnoarqueología en el noreste de México? Creemos que la respuesta no debe ser una sola y concluyente para todo tipo de deducciones; por un lado, coincidimos con González cuando señala que en el norte-centro y noreste de México se carece en gran medida de antecedentes etnográficos para poder interpretar los petroglifos o pinturas y que, en la actualidad, nuestra sociedad contemporánea posee una organización social totalmente diferente a la que los manufacturó.17 Y es que en esta región, como se sabe, no existieron grupos indígenas nativos, y pretender hacer estas inferencias resulta complicado y arriesgado, pues sin el rigor metodológico y teórico necesario se puede tomar la posición romántica y folclorista de las sobrevivencias o pervivencias chichimecas.18

Sin embargo, pese a lo desalentador que puede parecer el intentar hacer etnoarqueología en el noreste, creemos que, sin pretender extrapolar acciones o fenómenos en el tiempo y el espacio, en algunos casos es factible argumentar nuestra explicación de esta manera, siempre y cuando se haga con la debida cautela para inferir procesos humanos del pasado. Por supuesto, para hacerlo es necesario estar conscientes de las limitaciones y conocer las circunstancias históricas que han actuado en su desarrollo.

La arqueología ha echado mano de otras ciencias y disciplinas, a través de los avances tecnológicos o el simple uso de herramientas que fueron creadas para otros fines. Sin embargo, además de la antropología, la cual ha permitido hacer la analogía etnográfica, existe una disciplina que comparte con la arqueología la interpretación y explicación del pasado, pero lo hace a partir de la evidencia escrita. Se trata de la historia, la cual aborda el pasado a través de los documentos.

Ambas se acercan al pasado, pero no lo hacen de la misma manera, pues se usan diferentes tipos de fuentes de información. Incluso, existe una  diferencia más entre ambas ciencias, ya que, por un lado, el historiador comparte los patrones cultural del grupo que estudia. Por ejemplo, en el caso de  investigador que se dedica al noreste de México, sabe que el gobernador del Nuevo Reino de León, Martín de Zavala, y la gente contemporánea a él, a final de cuentas hablaban castellano, eran católicos, comían maíz, trigo, carne de res y cabra, bebían vino de uva, usaban platos de barro y recipientes de vidrio; poseían una cultura que en mayor o menor medida le es familiar. Por lo tanto, habituado a este tipo de historiografía, se enfrenta a limitaciones teóricas y metodológicas cuando aborda una cultura ajena a la suya, en este caso, la indígena.

En cambio, el arqueólogo, si bien está inmerso de manera cotidiana en la misma cultura que el historiador, posee la ventaja de una formación académica distinta, lo que le permite investigar desde la diversidad cultural con más armas teóricas y metodológicas. Además, aunque no es especialista, puede acercase a los documentos escritos, pues, en realidad, no es algo que desconoce, ya que la arqueología desde sus inicios ha tomado la información escrita con la intención de contrastar los diferentes tipos de evidencia, lo que le ha permitido corroborar, refutar, complementar o enriquecer la explicación del pasado.

 El investigador que está interesado en el pasado no debe encerrarse en la élite académica y querer explicar todo desde una sola especialidad científica, porque, de acuerdo al tipo de investigación, se debe buscar una colaboración con otros profesionales. Así, arqueólogos, geólogos, biólogos, historiadores y muchos otros investigadores y profesionistas pueden llegar a construir una visión más completa si comparten la información. De igual modo, los arqueólogos también suelen ser auxiliados por dibujantes o fotógrafos profesionales. Y es que, al revisar constantemente las nuevas teorías y conocer distintas metodologías usadas por científicos de otras especialidades, el arqueó logo puede integrar toda la información tomada de diversas fuentes, para armar una mejor y más completa explicación del pasado.

En arqueología no todo es campo ni excavación

A continuación, nos limitaremos a revisar de manera general el quehacer del arqueólogo, esperando con ello un mejor entendimiento acerca de su trabajo.

La concepción del arqueólogo investigando en lugares inhóspitos y peligrosos como selvas, desiertos y cuevas, si bien no es fantástica o errónea, sí es sumamente parcial y engañosa. Es verdad que muchas veces el arqueólogo se enfrenta al peligro pero esto sólo es una parte mínima de su trabajo. En el caso de Nuevo León, en ocasiones hay que cruzar ríos a pie o en lancha, subir montañas por veredas estrechas y resbalosas, entrar a cuevas oscuras y peligrosas. Los vehículos pueden tener averías y problemas lejos de la presencia de los servicios de alguna ciudad. También, durante los recorridos en muchas partes de Nuevo León, hay que estar cautelosos ante la aparición de serpientes de cascabel u otros animales y caminar con precaución entre la vegetación xerófita y sus múltiples espinas. Aunado va esto, hay que recordar las extremas temperaturas que en verano e invierno caracterizan a la región.

Antes de salir al campo, el arqueólogo debe realizar un arduo trabajo frente a su escritorio, mismo que suele llamarse trabajo de gabinete, en contraposición al trabajo de campo. Sólo así podrá iniciar con los trabajos de exploración. Además, después de su temporada de campo, pasará mucho tiempo más en la oficina. En efecto, lejos de la imagen popular, los arqueólogos deben pasar más tiempo en los laboratorios y en la oficina que en el campo.19

Antes de proseguir, es necesario subrayar que la arqueología en nuestro país es manejada a nivel nacional por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con base en la ley federal vigente, por lo que, en caso de pretender llevar a cabo una exploración, excavación o remoción de materiales, es imperativo que el investigador a cargo  del proyecto sea un arqueólogo titulado, nacional o extranjero.

Para llevar a cabo cualquier actividad arriba mencionada, el arqueólogo debe presentar a las autoridades del Consejo de Arqueología del INAH un proyecto de investigación donde analice los estudios arqueológicos que se han llevado a cabo con anterioridad, y revise minuciosamente los hallazgos que se han hecho. También debe hacer un estudio cartográfico, donde revise todo tipo de planos y mapas que existan del área. De igual manera debe conocer lo más que se pueda sobre el entorno natural, la flora y fauna locales, así como los cambios que han existido en el medio ambiente a través del tiempo. Asimismo, examinará todo lo relacionado con los datos topográficos, geológicos e hidrológicos, basado en la información cartográfica del INEGI, los estudios de las universidades locales u otras instituciones nacionales o extranjeras que hayan intervenido en la región. También son útiles los análisis de foto aérea y satelital para reconocer zonas potenciales, de acuerdo a las topoformas del área, los ríos y arroyos.

Una vez que se hace lo anterior, se puede planear propiamente la salida al campo y hacer recorridos sistemáticos caminando en el área. De acuerdo a la topografía y a los objetivos planteados en la investigación, se recorren áreas con una longitud que puede variar. Si lo que desea el arqueólogo es registrar todo tipo de sitios arqueológicos, podrá recorrer indistintamente cerros, cañadas, planicies y áreas marginales a los ríos. Pero si desea encontrar una cueva para en el futuro realizar excavaciones, entonces buscará por las sierras y cañadas propicias para encontrar dichas localidades. Y lo mismo sucede si su interés son los grabados o pinturas rupestres. Si su interés son campamentos a cielo abierto, deberá recorrer las planicies y áreas llanas.

Aunque la parte más importante de un recorrido de prospección arqueológica es precisamente la planeación, ello no quiere decir que no surjan imponderables que modifiquen los planes durante el transcurso. Además, para complementar la información de los recorridos, muchas veces se consulta a lugareños que habitan la región, pues ellos conocen muy bien el terreno y suelen poseer valiosa información sobre la existencia de lugares con materiales o elementos arqueológicos. Resulta útil que el arqueólogo platique con ellos al respecto, aunque, al mismo tiempo, debe indicarles que en caso de encontrar evidencia arqueológica no deben moverla o dañarla.

Una vez que el arqueólogo encuentra un sitio, debe hacer una catalogación. El sistema de registro de sitios y materiales arqueológicos puede variar de acuerdo al arqueólogo y a los intereses y enfoques del proyecto, pues cada investigador tiene sus criterios.

Sin embargo, esto no quiere decir que cada persona hace lo que quiera, sino que, en el fondo, debe existir un orden.

Como ya se mencionó, para recolectar el material, y, sobre todo, antes de excavar, es necesario hacer un levantamiento topográfico de los sitios detectados a través de un geoposicionador satelital (GPS), brújula y cinta métrica. Pues hay que hacer varios croquis en diferentes escalas con la ubicación y extensión de cada uno de los sitios y la distribución general de los elementos arqueológicos, para ello es necesario basarse en los bocetos y notas tomados en campo. La técnica de elaboración depende del arqueólogo investigador y puede ser hecho con tinta china o usando programas de computadora.

De igual modo, también se debe hacer un registro fotográfico de aspectos generales y, a detalle, de los restos materiales. Después de recopilar la información necesaria para obtener todo lo anterior, y se podrá comenzar a levantar los artefactos, ya que se debe contar con la información necesaria para recrear o reconstruir la escena en el laboratorio al ubicar cada objeto.

Esta recolección de materiales puede hacerse de distintas formas, dependiendo del tipo de proyecto. En caso de que se planee la construcción de una carretera, presa, líneas eléctricas u otras obras de infraestructura cerca de áreas con sitios arqueológicos, es necesario realizar un proyecto de rescate o salvamento arqueológico antes de que intervenga la maquinaria pesada y los trabajadores. En estos casos, cuando se pone en riesgo el sitio, es  necesario hacer un registro detallado y completo de todo el lugar y realizar una recolección exhaustiva de material, de lo contrario se perdería la evidencia con la construcción.

Cuando los sitios no corren el riesgo de ser afectados, es posible hacer una recolección de materiales de manera parcial, a través de un muestreo aleatorio o simple, donde sólo se tome una muestra representativa. Claro está que se dejan materiales para que en el futuro otros arqueólogos aborden el sitio.

Todo el material recolectado debe ser analizado y marcado con números y letras para hacer un inventario general por sitio y área. Este paso imprescindible debe servir para identificar con precisión el lugar de origen del artefacto, el sitio y el año en que fue recolectado. Esto para que, en el futuro, nuevos arqueólogos puedan saber con certeza de dónde proviene dicho objeto.

La técnica de elaboración del marcado suele ser utilizando tinta china y barniz transparente, con la intención de que se conserve durante mucho tiempo. Si es posible, el arqueólogo debe anotar en la pieza pequeños números en lugares que no sean tan visibles, esto para alterar en lo menos posible el objeto.

¿Por qué el arqueólogo debe excavar como lo hace?

El aficionado o el saqueador, y en general, muchas personas ajenas a la arqueología, creen y afirman que los arqueólogos son muy lentos y que trabajan despacio, pues se tardan mucho tiempo en excavar un pequeño pozo y pasan muchos años en un mismo sitio. La argumentación para hacer ese tipo de declaraciones es que, al final, el aficionado y el arqueólogo encontrarían la misma cantidad de objetos. De ahí que los aficionados muestren sus colecciones con orgullo, equiparándolas con aquéllas extraídas por arqueólogos profesionales que son exhibidas en los museos.

Aunque en diversos países rigen leyes distintas respecto a la evidencia arqueológica, hay algo en común en todas partes del mundo, pues, como señalan Ellen Sue Turner y Thomas R. Hester: “Una caja de puros llena de puntas de proyectil desenterrados de un sitio por un aficionado sin preparación profesional puede resultar de interés para mostrarla a los amigos, pero no tiene valor desde el punto de vista arqueológico”.20 Por nuestra parte, en el caso del noreste de México, podemos decir que un bastidor con puntas pegadas bajo un cristal y bien enmarcado, una cubeta de plástico llena de puntas de proyectil, o una punta engarzada en una cadena y colgada al cuello, tampoco sirven de mucho desde el punto de vista arqueológico, y es algo que aunque frecuente en Nuevo León y Coahuila debe evitarse. Pero, ante este hecho, al ciudadano común le surge inevitablemente una pregunta: ¿por qué no sirven esos artefactos recolectados? La respuesta está en el epígrafe con el que iniciamos este apartado: no son las cosas u objetos lo que le interesa al arqueólogo, sino sus creadores. Es decir, mientras al aficionado o el coleccionista le interesa el objeto per se , el arqueólogo, en cambio, busca un objeto testimonio; el aficionado sólo obtiene piedras antiguas llenas de tierra y, a lo sumo, huesos viejos, pero el arqueólogo obtiene datos, información; y no sólo aquélla que puede obtener del objeto, sino del contexto que le rodea. Por ello requiere hacer un registro minucioso y tomar todos los datos que sean posibles, por lo que lo ideal es que el objeto se localice in situ ,es decir, en su sitio. Se requiere que no haya sido removido, contrario a lo que hacen los coleccionistas. Y es que, para el arqueólogo, un sitio alterado es como la escena de un crimen donde todas las huellas y evidencias han sido removidas o limpiadas antes que arribara el criminólogo.21

*El presente texto se rescata del Tomo I: Monterrey Origen y Destino (2009). Donde participaron:José Antonio Olvera en la Coordinación General. Eduardo Cázares, como Coordinador Ejecutivo y Ernesto Castillo como Coordinador Editorial.

Autor: Jesús Gerardo Ramírez Almaraz

El link hacia el texto completo se encuentra en: https://issuu.com/monterrey/docs/tomo_1portadas

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