Chichimecas, ese ambiguo concepto genérico

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Mesoamérica, esto es, el núcleo de lo que sería más tarde Nueva España, era un territorio que comprendía el centro y el sur del México actual y una parte de Centroamérica. Al norte, en los desiertos y planicies incultas, vagaban los nómadas, los chichimecas, como de manera genérica y sin distinción de nación llamaban a los bárbaros los habitantes de la meseta central
Octavio Paz. El laberinto de la soledad
Sin duda, una de las preguntas que se hace con más insistencia a un arqueólogo cuando alguien observa un sitio arqueológico es ¿quiénes eran?, o mejor dicho ¿cómo se llamaban los que hicieron esto?, cuestiones que los arqueólogos en todo el mundo no siempre pueden responder. Es decir, es más fácil describir lo que hacían, cuándo lo hicieron e incluso para qué o por qué; pero las cosas se complican con el quiénes. En efecto, para la arqueología, entre más antigua es la cultura, más difícil es conocer el verdadero nombre del grupo. Incluso resulta por demás complicado definir con precisión una filiación étnica o lingüística a la evidencia material, de ahí que muchos nombres de ciudades, lugares, artefactos o culturas que se encuentran en las zonas arqueológicas son clasificadas en la bibliografía o en las cédulas de museos refiriendo a una construcción intelectual que se ha ido estandarizando en la jerga arqueológica.
De este modo, por ejemplo, tenemos que las cabezas colosales localizadas en Veracruz y Tabasco fueron manufacturadas por los olmecas, nombre tomado por los investigadores para identificar a los creadores de dichas esculturas, aunque se desconozca con precisión la filiación étnica y familia lingüística a la que pertenecían. Lo mismo ocurre con Teotihuacan, nombre dado por los mexicas siglos después de que fuera abandonada, y utilizada por los arqueólogos para identificar la gran urbe localizada al norte del actual Distrito Federal, aunque en realidad aún hoy persiste la polémica acerca del origen étnico de sus creadores. Mencionamos lo anterior para subrayar la enorme dificultad que existe para delimitar y precisar el origen étnico y distribución geográfica de los habitantes indígenas prehispánicos de nuestro país y, en este caso, aquéllos que habitaron lo que ahora es Monterrey y Nuevo León en tiempos prehispánicos y aun después de la conquista. Y es que, si bien es posible reconocer, por las características de los objetos materiales de la cultura, similitudes y diferencias interregionales, resulta imposible llamarlos por el nombre que se daban a sí mismos los creadores de dichos sitios. Por supuesto, existen muchos nombres y designaciones, pero todos estos apelativos deben tomarse con cautela, ya sean los nombres que se aplican a todos los grupos de un gran espacio, como aquellas designaciones específicas.
Es por esto que es necesario analizar de lo general a lo particular algunos conceptos y nombres dados a estos grupos a través del tiempo, ya sea por sí mismos, por sus contemporáneos indígenas, por los españoles de la Colonia, los mexicanos mestizos o en la literatura científica, ya sea en la historiografía, antropología (lingüística) y en la arqueología. En este caso, un nombre o designación que de manera recurrente se escucha en el noreste de México, para referirse a los indígenas que ahí habitaron, es el de chichimecas. Aunque en realidad ya se ha abordado en muchas ocasiones y por diversos investigadores este polémico concepto, creemos que, para el caso de Monterrey y Nuevo León aún hace falta hacer algunos señalamientos a este respecto. Y es que la mayoría de los investigadores coinciden en que la llamada Gran Chichimeca no es una consistente y homogénea área cultural al norte de Mesoamérica. Este concepto fue acuñado por el investigador Paul Kirchoff, quien, desde una perspectiva culturalista, utilizó rasgos y elementos culturales presentes en el siglo XVI para delimitar y diferenciar áreas y superáreas culturales, quedando entonces dos grandes divisiones: los nómadas cazadores-recolectores del norte de México, llamada Aridoamérica, y los sedentarios agricultores del centro y sur: Mesoamérica.
En este punto es necesario precisar que los grupos sedentarios y agricultores habían llegado un poco más al norte del Trópico de Cáncer entre los siglos I y X después de Cristo; ya en el siglo XVI la frontera septentrional de Mesoamérica había descendido hacia el sur, justo al norte de los imperios mexica y tarasco. En efecto, tal y como aparece en las crónicas de los españoles, el concepto de chichimecas es una clasificación y fue aplicado a los grupos nómadas que vivían al norte del río Lerma. Entonces podemos preguntar, ¿qué tan válido es esto? Para contestar lo anterior es necesario revisar detenidamente distintos antecedentes que existen sobre el tema. A continuación abordaremos diferentes planteamientos y propuestas sobre el concepto. A través el tiempo se le han otorgado distintos significados.
El concepto de la palabra chichimeca está compuesto de
dos vocablos nahuas que son chichi y mécatl, su traducción directa es perro y mecate, respectivamente.
Por ello, habría que rastrear el significado real y la connotación que tiene en el sentido original dicha referencia, pues va mucho más allá del mero hecho de traducir etimológicamente la palabra.
Una de las acepciones que se le ha dado es el de hijos de perra o linaje
perros. Concepciones que difieren entre sí y van mucho más allá de un cambio eufemístico. Por un lado, la ropuesta de Wigberto Jiménez Moreno es la de considerar a este grupo como “linaje de perros”, el cual, desde su perspectiva, no sería ofensivo sino que, de acuerdo a su postura, el término podría haber surgido desde el mismo grupo en cuestión. En otras palabras, no sería un concepto impuesto por otros, sino un concepto adoptado y aceptado por ellos mismos. De acuerdo a este autor, esto podría explicarse con narraciones míticas que justificaran dicho nombre, y, para ejemplificarlo, menciona un mito de origen huichol, que narra la relación entre un hombre y una mujer que se transfiguraba en perra, por lo que, de dicho matrimonio nacería una descendencia que estaría otorgando el significado.
Entonces, desde esta óptica, el valor asignado al perro y a la narración mítica no correspondería a nuestra perspectiva occidental contemporánea, sino que estarían funcionando otros parámetros culturales donde la perra es un símbolo que indicaría una filiación concreta. Es decir, de acuerdo a Jiménez Moreno, siempre y cuando se tratara de una autodenominación, no resultaría ofensivo llamar o considerar a un individuo o grupo de individuos como hijos de perra. Sin embargo, aun aceptada la postura de Jiménez Moreno, la evidencia documental y las propias interpretaciones de distintos investigadores se inclinan hacia otra explicación. Aunque el concepto de chichimecas está documentado en el siglo XVI, seguramente existía antes de la llegada de los españoles, es decir, en tiempos prehispánicos: Con el tiempo el significado de este nombre se amplió hasta incluir no sólo a los chichimecas originales, sino a todos los recién llegados o los emigrantes que llevaban vida nómada.
Por lo tanto, en un sentido general, vino a simbolizar la oposición entre el chichimeca bárbaro y el tolteca culto Según lo anterior, tenemos como resultado que no indica un grupo específico, sino más bien un conjunto de grupos que sólo tienen en común, hasta cierto punto, su modo de vida, y su ubicación geográfica al norte de la ciudad. En general, no necesariamente los mexicas y demás grupos del centro del país debieron conocer los territorios norteños, sino que aplicaron el concepto primero a los grupos inmediatos, y luego, tras la llegada de los españoles, éste se extendió hacia donde había grupos con un modo de vida similar, pero manteniendo dicha denominación y su carácter despectivo. Esto, entre otros ejemplos, queda de manifiesto en el texto atribuido a Gonzalo de las Casas, quien en el siglo XVII señala que: Este nombre chichimecas es genérico, puesto por los mexicanos en ignominia a todos los indios que andan vagos, sin tener casa ni sementera. En caso de tomar como verdadera esta cita, encontramos que no sólo se trata de un concepto genérico, sino que resultaba degradante y ofensivo.
Entonces el concepto chichimecas es una designación que ha sido impuesta por los otros, es decir, los mesoamericanos que desde su etnocentrismo juzgaban a los demás de acuerdo a sus propios parámetros y valores culturales. De este modo, aquéllos que se creyeron superiores atribuyeron el concepto de hijos de perra, que resultó por demás ofensivo e inaceptable. Además, este concepto llevaba implícita una actitud de insumisión e infidelidad. En ocasiones, muchos investigadores han optado por aceptar la connotación negativa, que se trata de un concepto que surgió con una fuerte carga ofensiva. Por ejemplo, algunos investigadores
como Philip W. Powell consideran que chichimecas sería el equivalente a perro sucio e incivil. Curiosamente, no escatiman en utilizar dicho concepto al referirse a muchos grupos norteños.
¿Vivían los chichimecas en Monterrey, Nuevo León?
Si aceptamos únicamente el criterio documental, lo que dicen las fuentes coloniales es que los chichimecas vivieron en el noreste de México. Los españoles nombraban chichimecas a los grupos que habitaron esta región, por lo tanto, encontramos en diversos documentos históricos, provenientes de lo que ahora es Monterrey, la alusión a indios chichimecos para referirse a los indígenas de la localidad. Aunque no es general el uso del concepto, encontramos en distintos documentos a través del tiempo que, durante la Colonia, se usará esta designación. Por ejemplo, ya en el siglo XVIII en las ordenanzas del gobernador Barbadillo se hace la distinción entre tlaxcaltecas y chichimecas, nombrando así a los indígenas aliados que venían con los españoles respecto a los indígenas nativos.
Es en parte por esta razón que el concepto de chichimeca sigue siendo utilizado para aplicarlo a gran parte del norte pues, ya sea entre la sociedad general, o en palabras de muchos investigadores, se les suele llamar chichimecas a los grupos indígenas que habitaron en un gran espacio que incluye no sólo lo que ahora es Monterrey y Nuevo León, sino gran parte del territorio mexicano. Por lo anterior, encontramos que tanto en museos como en libros de texto y de especialistas, aparece esta designación. Muchos investigadores consideran como chichimecas a los antiguos pobladores de Nuevo León y Coahuila. De igual modo, historiadores de Monterrey o Nuevo León y el noreste han aceptado esta clasificación, a pesar de las inconsistencias que existen alrededor del concepto y que reflejan una imagen deformada de los grupos indígenas que habitaron la región. Lo anterior, como afirma Valadez, ha provocado muchas confusiones al interesado en los grupos que habitaron lo que ahora es Nuevo León. Por ejemplo, Andrés Montemayor, en su libro Historia de Monterrey, repite el significado textual de la palabra hijos de perra, pero sin dar ninguna explicación.
De igual modo, Eugenio del Hoyo menciona que chicimecatl era linaje de perro, incluso, la connotación es distinta en el directo hijos de perra utilizado por Montemayor, que el de linaje de perro, significado usado por Del Hoyo, quien secundó la propuesta de Jiménez Moreno.
Por otro lado, David B. Adams se inclina por otro significado distinto: los que devoran carne cruda, del cual no otorga fuentes y que es una aplicación prejuiciosa y con cierto contenido peyorativo. Sin embargo, no es práctico para entender la complejidad de los grupos locales seguir llamándolos chichimecas pues, más que una categoría que sirve para identificar y otorgar una filiación cultural, utilizar el concepto para referirse a los grupos de Nuevo León no sólo causa confusión sobre la organización social de estos grupos sino que reitera viejos prejuicios creados desde la época prehispánica, y que persistieron durante la Colonia.
En otras palabras, si tomamos como válido el concepto generalizador de chichimecas para designar a muchos grupos diferentes que habitaron hacia el norte de Mesoamérica, entonces es cierto que en Monterrey hubo grupos chichimecas. Sin embargo, es limitado y poco claro ya que podemos decir lo mismo de los antiguos habitantes de lo que ahora es Coahuila, Guanajuato, Michoacán, San Luis Potosí, Tamaulipas, Zacatecas y Baja California. Por lo tanto, afirmar que en el territorio del actual Monterrey habitaron grupos chichimecas es equivalente a señalar que en Los Ángeles, California, viven millones de hispanos o latinos, lo que es una identificación por demás insuficiente, pues nunca sabremos si se trata de mexicanos, guatemaltecos, argentinos, ecuatorianos u otras nacionalidades que comprenden tan amplia designación. Incluso, el llamar chichimecas a un amplio conjunto de grupos diferentes que habitaron lo que ahora es Nuevo León sería algo semejante, por ejemplo, aceptar el concepto peyorativo de sudacas que utilizan en España para referirse a los mexicanos, ecuatorianos, argentinos, peruanos, bolivianos y otros inmigrantes latinoamericanos. Es decir, además de una designación arbitraria y generalizadora es, también, impuesta de manera unilateral por los grupos dominantes que se asumían como superiores. El utilizar este concepto tiene, de manera implícita, no sólo una carga colonialista, sino un dejo de discriminación y subjetividad.
Borrados, rayados, alazapas, pelones y otros nombres
Entonces, ¿quiénes vivían en lo que ahora es Monterrey y Nuevo León antes de la llegada de los españoles? Sin duda es complicado utilizar una designación única y concluyente. Asimismo, existen cientos de nombres conocidos en Nuevo León. A través de referencias documentales se conocen más de 300 nombres de grupos indígenas de costumbres nómadas que ocuparon principalmente la parte central y nororiental del estado, pero, aunque valiosísimos, no deben usarse con displicencia ni a la ligera.
Los cronistas del área llamaron naciones a este tipo de grupos nómadas, provocando que tanto estudiosos como historiadores locales hayan confundido el término y que, aún en la actualidad, manejen en sus textos a cada supuesta nación como una sociedad distinta e independiente de las otras. Sólo en fechas recientes se han señalado estas imprecisiones en las que han seguido muchos investigadores al continuar con la visión de los españoles de la Colonia, de ahí que Cecilia Sheridan llama a dichas categorías identidades cuestionadas y es que si bien es cierto que desde antes se habían cuestionado las categorías étnicas utilizadas para referirse a los indígenas en los documentos coloniales y en la historiografía regional, no es sino hasta fechas recientes
cuando esto se hace con más insistencia y desde una perspectiva más seria. En otras palabras, no es sostenible seguir al pie de la letra la clasificación que hicieron los españoles de los grupos indígenas durante la Colonia, pues obviamente las naciones no son lo que ahora podríamos considerar como tal, y los nombres son por demás ambiguos.
No obstante, la problemática no es exclusiva de los grupos del noreste de México, ni siquiera de los indígenas, pues dificultades similares se han encontrado quienes pretenden, por ejemplo, identificar el origen étnico o geográfico de los esclavos negros en México. Y es que, omitiendo el origen africano y sustituyéndolo por los nombres de los grupos indígenas, podemos establecer una similitud en las dificultades del investigador para aplicarlo al noreste de México: a) grupos que desaparecieron a través de los años; b) variaciones en el nombre; c) nombres que se daban a sí mismos diferentes de los que recibían por parte de otros grupos o los españoles;
d) corrupción ortográfica de nombres; e ) dualidad de nombres que correspondían a grupos diferentes; f) nombres aparentemente semejantes que correspondían a procedencias diferentes.
Entender el problema de nombres implica analizar cómo, cuándo y dónde eran usados los distintos nombres. Por ejemplo, para cuestiones legales como lo las ordenanzas del gobernador Barbadillo, se hace la distinción únicamente entre tlaxcaltecas y chichimecas. Para el contexto general de la conquista y la referencia a un amplio espacio geográfico como podía ser el Nuevo Reino de León, resulta suficiente crear y utilizar sólo algunas grandes categorías para distinguir a los españoles de los tlaxaltecas amigos sedentarios, a éstos de los chichimecas a conquistar.
En otro contexto, chichimecas surge como apelativo más concreto. En los documentos que incluyen diversos grupos, decir indio chichimeco de la nación alazapa; en este contexto, por ejemplo, alazapa sería entonces una designación taxativa. Podemos considerar que los nombres que agrupan las llamadas naciones son categorías que pretenden diferenciar a los grupos, sin embargo, no dejan de ser genéricos, aunque aplique otra valoración. Sobre esto, Jiménez Moreno señalaba hace más de 60 años que (…) tenemos el de los “borrados”, cuyo nombre plantea el problema de si se trata de una denominación genérica o si es un nombre específico para una tribu determinada.
Además de la ambigüedad en la designación y significado específico del vocablo chichimeca, y de la gran cantidad de nombres y apelativos en los dialectos autóctonos, también encontramos nombres y apelativos intermedios, como la palabra castellana de borrados, que seguramente es un nombre genérico utilizado por los españoles, que pretendía agrupar de acuerdo a criterios culturales, físicos y
lingüísticos a un determinado grupo.
Lo mismo parece ocurrir con el nombre de pelones o pintos, que son lo que Sheridan considera “denominaciones descriptivas”. O, como señala David Adams dejando a un lado las diferencias lingüísticas, para los españoles los indios con ciertas características eran simplemente rayados.
Obviamente, borrados y rayados se trata de apelativos que hacen alusión a la apariencia que adoptaban y que era percibida por la cultura española, sin importar su lengua o distribución geográfica, pues la palabra borrados se puede encontrar en otras partes para referirse a ciertos indígenas, por ejemplo, al poniente de Coahuila y en Chihuahua, lo que indica la intención descriptiva del apelativo. A su vez, los coras de Nayarit utilizan el término borrados aún en la actualidad para nombrar a los individuos que participan en una ceremonia, una de las características de éstos es que se aplican barro y pintura corporal y facial.
Además, la confusión aumenta porque en ocasiones se mezcla lo que parece ser el nombre de una pequeña banda integrada por varias decenas de personas, y las designaciones genéricas de segundo nivel, como: Naturales chichimecos de la nación: aguatas, tepehuanes, cucuyainas, matolaguas, quibonoas, tacuanamas, icarias, ayaguagua, quienes, guinaimos y borrados del valle de San Juan, con sus capitanes Malacui y Calabazo.
Del mismo modo, en ocasiones se confunde la aplicación del término para nombrar a grupos distintos, como en los casos de borrados barretados o borrados de la nación alazapa. Asimismo, los nombres dados dependían si la empresa era de gran envergadura e involucraba a los conquistadores, colonizadores, la Iglesia o la Corona en su totalidad, por ejemplo, en el caso de la conquista militar, ordenanzas reales, evangelización o exploración de nuevos territorios, es suficiente la designación chichimecas. Sin embargo, si existen intereses particulares o un limitado número de españoles involucrados en el tema, como en el caso de trámites concretos y más personales como herencias, ventas, permutas o disputas por rancherías, los encomenderos llaman de manera específica a los indígenas.
En otras palabras, entre más amplio sea el espacio geográfico al que se haga referencia, menos y más genéricas categorías étnicas o apelativos contienen los documentos. Y, conforme la referencia sea más local y el espacio geográfico más pequeño, aumentará el número de nombres y serán más específicos. De los tres niveles de identidad anteriores, los primeros dos resultan arbitrarios y surgen de una concepción unilateral, mientras que el tercero parece ajustarse en mayor medida a los nombres que los grupos indígenas se daban a sí mismos.
En efecto, existen listados y mapas que consignan los nombres de diversos grupos indígenas, por ejemplo, aunque sólo incluyen de manera parcial a Nuevo León, pues se enfocan a Tamaulipas. Existen propuestas como las de Patricia Osante, quien se limita a llamar borrados de arriba y borrados de abajo a los grupos que habitaron un extenso territorio del oriente de Nuevo León y gran parte de Tamaulipas. Asimismo, Gabriel Saldívar hizo un mapa en el que pretende ubicar a cien diferentes grupos indígenas en niveles de identidad mucho más específicos, enumerando alrededor de grupos en el mismo territorio que Osante. Esto nos sirve
para identificar la problemática a la que se enfrenta quien pretende hacer una clasificación.
Los grupos indígenas que habitaban Monterrey

De acuerdo a las fuentes escritas, en  este  caso  en  la  obra  de  Juan Bautista  Chapa,  en  los  alrededores  de  Monterrey  existían  los grupos indígenas llamados:Guacachinas, guinalaes, miscales,  popocátoques,  guaya-guas,   capatuus,   esteguama, cajubama,   amaraguisp,   catujanos,  camiisubaba,  cabi-cujapas, caguchuarca, niaco-mala,  tochoquines,  amoguama,  nepajanes, guamoayazuas,  siamomomos,  camacaliira, macapaqui,  alaoquies,  aguicas,  michiaba, canamu, pastanquia, cazulmas, cuatachaes, aguatas,  tatoamas,  apitala,  aguaque,  acatoyan, amanasau, macacuy, amatames, poma-liqui,  aleguapiame,  tepehuanes,  huatachichiles, estegueno y batajagua.

 

Con  los  datos  que  existen  hasta  la  actualidad, resulta por demás complicado ubicar geográficamente y otorgarles una filiación étnica o lingüística a estos grupos, pues son un total de 42. Como ya hemos señalado  reiteradamente,  existen  cientos  de nombres documentados en fuentes históricas que designan a diferentes grupos que habitaron una área relativamente  pequeña.  Sin  embargo,  no  se  debe considerar  cada  nombre  como  un  grupo  numeroso o totalmente ajeno uno de otro. Si recordamos que el  Monterrey  del  siglo  XVII  era  un  cuadrángulo que  comprendía  unos  16  kilómetros  por  lado,  esto significa un área total de 256 kilómetros cuadrados, este espacio es más que suficiente para una sociedad sedentaria con una población de miles de personas, pero  resulta  un  tanto  limitado  para  sociedades  nómadas   de   cazadoresrecolectores   compuestas   de algunos cientos.

 

Antes  de  continuar,  es  preciso  recordar que  distintos  investigadores  han  señalado los  probables  orígenes  de  los  nombres  de  los grupos indígenas de Nuevo  León. Por ejemplo, Eugenio del Hoyo señala que: De  algunos  de  estos  grupos  se  pudo averiguar  el  nombre  que  a  sí  mismos se  daban  en  su  lengua;  otros  se  conocieron  por  los  nombres  con  los  que los  designaron  los  indios  mexicanos y  tlaxcaltecas  que  siempre  acompañaron  a  los  españoles  (…)  y  que  en ciertos  casos,  era  la  traducción,  a  la lengua  náhuatl,  del  nombre  original y  por  último,  los  más  fueron  designados arbitrariamente por los españoles a veces  traduciendo  a  nuestro  idioma  la palabra  aborigen  o  designándolos  con el  nombre  de  algún  “capitancillo”  o por el toponímico de su hábitat o, cosa muy  frecuente,  apodándolos  en  forma caprichosa y arbitraria. Hemos  analizado  los  distintos  criterios  para  designar  apelativos  de  estos grupos,  encontrando  que  la  raíz  etimológica  de  estos  nombres  es  el  náhuatl.  Por los documentos, sabemos que los nombres en  lengua  náhuatl  eran  utilizados  ampliamente por los españoles, quienes se hacían acompañar por los tlaxcaltecas. Como  señala  Del  Hoyo,  algunos parecen  tratarse  efectivamente  de  la  traducción directa de un vocablo en lengua local.

 

El grupo de los guajalotes, cacalotes o coyotes, parece  que  poseían  el  nombre  de  guajolotes,  cuervos  y  coyotes,  respectivamente;  mientras  que  en otros  casos  podría  tratarse  de  un  nombre  dado  por los propios tlaxaltecas. De ahí entonces que nos enfrentamos al problema de identificar de qué tipo de nombre se trata, situación que ocurre en otras partes del  noreste  de  México  como  el  norte  de  Coahuila, donde  está  reportado  el  nombre  en  náhuatl  de  cacaxtles,  del  que  aún  se  desconoce  si  se  trataba  de la  traducción  del  nombre  del  grupo  en  una  lengua local o es un nombre dado por los tlaxaltecas. Algo similar ocurre con el nombre de cacalotes, que significa cuervos, y con el de zacatiles que, como indica Martín Salinas, es un vocablo del náhuatl que puede traducirse como zacate.

 

Por ejemplo, aunque se trata  de  un  grupo  registrado  relativamente  lejos  de Monterrey, pues aparece tanto en Parras como en el municipio  de  Nadadores,  Coahuila,  nos  sirve  para ilustrar  la  problemática  y  la  confusión  en  ese  aparente  embrollo  de  nombres,  se  trata  del  grupo  que William  B.  Griffen  registra  como  itocas  y,  posteriormente, lo nombra sin la “I”, quedando entonces toca o tooca. Es la misma ortografía que usa Carlos Manuel Valdés al incluirlos entre los grupos documentados en el Archivo Municipal de Saltillo. Es  muy  posible  que  ese  nombre  provenga del náhuatl, pues toca significa nombre, y el prefijo i,  es  en  realidad  el  posesivo  en  tercera  persona  su.

 

Efectivamente, ese nombre aparente que se cree es un vocablo de alguna lengua indígena de la región tiene su propio significado, es  un vocablo náhuatl que  ni  siquiera  es  una  traducción  sino  que  parece tratarse de una simple confusión que llegó a estandarizarse y ser tomada de manera convencional, de tal  modo  que  itoca  sería  literalmente  su  nombre  o algo  así  como  nombrar.  Por  lo  tanto,  sin  descartar que  exista  una  casualidad  fonética  mas  no  de  significado  entre  un  vocablo  de  una  lengua  nativa  de la región y un vocablo en náhuatl,  creemos que en el caso de los itocas no es así, más bien es una confusión al preguntar el nombre. Un caso semejante, aunque  no  es    náhuatl,  se  presentó  con  un  grupo registrado  al  noreste  de  Nuevo  León  en  una  parte de Tamaulipas.

 

Otro ejemplo de la confusión respecto a las lenguas aparece en la obra Los indios del nordeste de Méjico en el siglo XVII de Isabel Eguilaz, donde la autora  afirma  que  el  vocablo chihuat  significa  mujer. Sin embargo, aunque ése es su significado, el error radica en que la historiadora lo considera como un vocablo de la lengua maratin, siendo seguramente náhuatl. Por  lo  anterior,  a  continuación  analizaremos tres nombres de tres grupos que aparecen documentados en la obra de Juan Bautista Chapa. El primero de ellos estaba presente en los alrededores de Monterrey, el siguiente habitó cerca de Cadereyta y el último debió residir en el área circundante a Cerralvo.

 

El  primer  nombre  es  el  de popocátoques, que  evidentemente  es  una  palabra  en  lengua  náhuatl. Sin embargo, ello no significa que se trata de un grupo nahua, sino que se trataba de un grupo local pero fue registrado o conocido con una designación dada por los tlaxcaltecas o españoles. Respecto a  este  nombre,  se  abordan  varias  posibilidades  de acuerdo a sus acepciones. En  cuanto  al  significado,  resulta  complicado  otorgarle  uno  de  manera  tajante  y  definitiva, porque popoca significa echar humo o humeante. Por ejemplo, en el caso de popocatepetl (nombre del volcán  localizado  en  el  centro  de  México)  es  una palabra  que  está  compuesta  por  los  vocablos popoca y tépetl, esta última en castellano sería cerro o montaña, es decir, se trata de montaña que humea.

 

Sin embrago, no podemos descartar que  popocátoques, venga de popocatoc, que tiene varios usos, uno de  ellos  es  ser  brillante,  asociado  a  otros  términos, también puede significar él es cobarde, temeroso o miedoso. Es decir, podría ser que los tlaxcaltecas y españoles identificaran a cierto grupo de este modo, debido  al  rechazo  y  desconfianza  que  presentaban para con los colonizadores. El siguiente nombre es el de un grupo cuya designación  es  la  de cacameguas.  Este  grupo,  además de estar reportado en los alrededores de Cadereyta en la lista de Chapa, también es posible identificarlo  en  documentos  del  Archivo  Histórico  de Monterrey, en donde aparece documentado en ese mismo siglo XVII en el cerro de la Silla y en áreas cercanas  al  actual  municipio  de  San  Pedro  Garza García. En este caso, tenemos que dicho apelativo parece provenir del náhuatl caca (poçacac) que significa trasportar o acarrear algo. Por su parte, megua (eua) significa levantarse, irse, huir. Es decir, sin pretender hacer una traducción exacta ni literal, pero sí captando la idea del vocablo, podemos señalar que cacameguas, podría ser algo así como los que se  van  llevándose  sus  cosas.  Es  decir,  es  una  clara alusión a un grupo con un modo de vida nómada. Por  último,  tenemos  el  nombre  de calipocates,  que  está  reportado  como  un  grupo  que  vivía cerca de Cerralvo.

 

Se compone de dos palabras: la primera  es cali,  que  significa  casa  o  habitación, mientras  que  la  segunda  es  posible  que  también haya surgido de poçacac, transportar, acarrear algo. De  ser  esta  última  la  acepción  correcta,  el resultado sería algo semejante a las casas que se acarrean, lo que coincide con otras fuentes históricas y evidencia  arqueológica  encontrada  en  la  región,  y que al ser analizada permite deducir que se trataba de  chozas  hechas  de  materiales  perecederos,  que estaban  compuestas  de  elementos  que,  al  menos parcialmente, eran trasportados. Es  importante  subrayar  que  los  tlaxcaltecas,  aunque  indígenas  como  los  nativos  norteños, compartían  con  los  españoles  su  condición  de  sedentarios y agricultores y, además, poseían como los españoles una estratificación social, y esto aun antes de la conquista. A su vez, a los tlaxcaltecas, cuando entraron en contacto con los indígenas del noreste, les debió llamar la atención la condición de nómadas, su economía basada en la caza y recolección,  y su igualitarismo económico y social. Además de lo anterior, existen otras palabras que no han sido consideradas  por otros investigadores con respecto al origen real, o la veracidad de los  nombres  y  designaciones.  Por  ello,  a  continuación analizaremos otro caso.

 

El  maestro  Israel  Cavazos  menciona  a  los bozalos como el nombre de un grupo localizado en los  alrededores  de  río  Blanco,  en  los  actuales  municipios  de  Zaragoza  y  Aramberri. Asimismo,  siguiendo  esta  clasificación,  en  un  cartel55  que  editó la Universidad Autónoma de Nuevo León aparecen distribuidos en el mapa de la entidad 60 grupos indígenas y, entre ellos, al sur del estado, los bozales. Por otro lado, analizando el material de los archivos, se  encontraron  decenas  de  documentos  en  los  que se  menciona  cómo  los  españoles  se  repartían  a  los indígenas en lo que se conoce como encomienda; en  ellas  encontramos    grupos  indígenas  que  eran considerados  como  borrados  bozales. De  igual modo, en un documento del siglo XVIII localizado en el Archivo General de la Nación, cuando se está haciendo referencia a grupos indígenas del norte del estado,  se  menciona  la  presencia  de  los  venados, aguatinejos, carrizos y los  bozalillos.

 

Entonces, ¿quiénes eran los bozales? Debido  a  lo  anacrónico  que  nos  resulta  el  término  bozalo  en  la  actualidad,  resulta  complicado  saber  de qué  o  quiénes  se  trata.  Sin  embargo,  de  acuerdo  a un  diccionario  de  la  actualidad,  bozal  es  tanto  un negro  recién  sacado  de  su  país  como  algo  relativo a  lo  cerril,  salvaje,  tonto  o  necio;  y  por  otro  significado  más,  tenemos  que  es  aquél  que    habla  muy mal el español. Es decir, de acuerdo a las distintas acepciones de la palabra, podemos notar que tienen un punto en común: su condición de no occidental, y,  concretamente,  no  hispano;  y  su  origen  distante y montaraz. Efectivamente,  más  que  un  grupo  determinado,  cuando  se  menciona  a  un  indio  bozal, más que una filiación cultural con una distribución geográfica  específica,  en  realidad  es  un  calificativo que está identificando al individuo de acuerdo a las características  de  su  personalidad  y  condición  res-pecto  a  los  españoles.  Al  principio  de  la  Colonia, el término bozal se aplicaba el negro esclavo recién llegado de su tierra, es decir, de África; y se usaba dicho término para contrastarlo con el de los negros llamados  criollos,  que  eran  aquéllos  nacidos  en  las islas de las Antillas o el continente americano.

 

Sin embargo, en el noreste indígena se nombraban  bozales  no  a  los  esclavos  negros,  sino  a  los indígenas  que  aún  no  estaban  bajo  el  dominio  es-pañol.  Por  lo  tanto,  la  acepción  del  vocablo  refleja el uso de una jerga lingüística de connotaciones claramente esclavistas, al equiparar la condición de los esclavos y la de los indígenas. En estos casos, borrado bozal no es una categoría  étnica,  sino  responde  a  las  relaciones  que dicho grupo mantenía con respecto a los españoles, basadas  en  una  oposición  sumisión-rebeldía. Es por  ello  que  en  los  documentos  históricos  se  menciona que en un determinado grupo eran muy bozales, haciendo alusión a que no habían tenido mucho contacto  con  los  españoles.  Para  verificarlo  podemos observar documentos del siglo XVII, en lo que se  mencionan  grupos  alazapa  considerados  como indios bozales y sin bautizar.

 

De igual modo, está el  caso  de  una  mujer  indígena  que  es  considerada como alazapa bozal, debido a que no hablaba mexicano (náhuatl) ni castellano. En  1738, el  gobernador  Joseph  Fernández de Jáuregui Urrutia obtiene una india bozala traída de los grupos apostatas rebeldes del valle del Pilón para  que  sirviera  en  su  casa  de  Monterrey. Lejos de considerar a un grupo como bozales y ubicarlos en el mapa de Nuevo  León,  se  estaban refiriendo  a  los  indígenas que vivía aún en la sierra sin haber estado en una hacienda o casa de españoles, y no a una persona con determinada filiación étnica.

 

A pesar de las dificultades de ubicar los grupos, existen criterios para ello, y uno es a partir de las  convenciones  lingüísticas. Por  ejemplo,  dada  la lista  de  Chapa  que  hemos  revisado,  podemos  señalar  que  es  posible  determinar  un  origen  lingüístico  común  a  varios  de  estos  grupos.  Por  ejemplo, los  nombres  de amoguama, cajubama,esteguama  y estegueno  tienen  evidentemente  un  origen  lingüístico en común.  Y lo mismo ocurre con macapaqui y pomaliqui. A  través  del  tiempo,  varios  investigadores han  enfocado  sus  investigaciones  a  realizar  mapas y  clasificaciones  lingüísticas  en  las  que  pretenden localizar a diversos grupos indígenas que habitaron lo que ahora es Nuevo León. Estas  investigaciones  de  orden  histórico-lingüístico  que  existen  sobre  los  indígenas  del  noreste  difieren  en  enfoques,  alcances  y  propuestas, pero  el  conocer  y  analizar  todos  ellos  es  necesario para  nosotros,  para  poder  corroborar,  refutar,  retomar, enriquecer y crear nuevas propuestas. Es  así  como  se  han  dado  nuevas  designaciones  para  referirse  a  los  grupos  de  la  región.  Por ejemplo, uno de ellos es el concepto de coahuilteca, que  es  una  creación  que  nace  a  partir  del  análisis contemporáneo que,  no  obstante,  tiene  sus  antecedentes  en  el  concepto  colonial  de  coahuileños, para referirse a los grupos de parte de Nuevo León y Coahuila.

 

*El presente texto se rescata del Tomo I: Monterrey Origen y Destino (2009). Donde participaron:José Antonio Olvera en la Coordinación General. Eduardo Cázares, como Coordinador Ejecutivo y Ernesto Castillo como Coordinador Editorial.

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